Mostrando entradas con la etiqueta 215.- El hospital inglés. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 215.- El hospital inglés. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de abril de 2012

"Primavera piso veinte", de Juan José Mendoza.





Primavera piso veinte
Juan José Mendoza

      Yo esperaba que llegara con aquella violencia arrebatada, profiriendo sus injurias vejatorias y sus exabruptos a espuertas. No tuve tiempo suficiente para llamar a alguien, para huir (me encontraría alguna vez), para improvisar alguna trinchera o algún pretexto que pudiera detener su furia. Pero al asomarme a la ventana y recibir una bocanada de aire fresco y húmedo que sólo era posible en la primavera de un vigésimo piso, se instaló en mí la sugerente idea de privarlo de su carnicería y llegar a la muerte antes de que se ensañara conmigo como era su desenfrenado deseo. Fue así cómo me invadió una resignación reposada tan balsámica como el talco en la piel.
            Sentí una irradiación distinta al recrearme por última vez en el hormigueo urbano que llenaba de movimiento las faldas de los edificios. Desconocía qué sabor tenía la última contemplación premeditada de las cosas, y me entregué a una improvisada ceremonia de despedida de algunos escenarios de mi historia. Luego, adhiriendo a la retina las secuencias recientes y casi póstumas, regresé a la habitación a derretir los segundos de la espera. «Sólo se muere una vez», pensé, «y es preferible hacerlo en primavera». Y con la intención de que todo el aire de la floración envolviera mis últimos resuellos, decidí dejar la ventana bien abierta.
            A pesar del sosiego, me llegaba el susurro del vacío casi como un recordatorio fatídico del dolor que me aguardaba. Debía distraer la mente para ahuyentar el pánico indefinido que me venía como a vaharadas y me senté en la mesa del escritorio, poblado de retratos que parecían sumarse impasibles a aquel último acto. De su examen fugaz sólo me sobrevino un recuerdo infantil: mi madre atenuando la crueldad del rey persa Sahriyar y engrandeciendo la astucia de Sherezade para aplazar hasta el infinito su muerte segura, mientras yo aceptaba inocente la licitud del monarca para disponer de la vida de sus súbditos. «¡Hijo de perra, Sahriyar, que Alá te saje tu falo!», me pareció oírme a mí misma.
            Como solía hacer de joven cuando me zarandeaba alguna tormenta adolescente, arranqué dos hojas en blanco del cuaderno de los despojos sentimentales y metí entre ellas un papel carbón (dos destinatarios hacen siempre más creíbles las mentiras).

            Luego comencé a escribir. Noté que una vaporosa liviandad se apoderaba de mí nuevamente. Aproveché una fina hebra de lucidez y fui derramando renglones sin más intención que ocupar los vertiginosos huecos de los minutos en blanco. Al tiempo, y conforme alejaba de mí la pretensión de alimentar la nostalgia y el desgarro, el texto fue tensándose como la cuerda de un arco que arrastra consigo una flecha mortal. Me impulsó un deseo inmenso de engrandecerme, de adueñarme de una superioridad aplastante que me alzara como un águila imperial ante el cuchillo y la mirada furibunda que no tardarían en llegar. Y por un momento el aire fresco de la primavera pareció encender en mi mente una oportunidad remota de liberación. Detuve la escritura y cerré los ojos para reclamar algún grato recuerdo que atenuara la compulsión lacerante que me había atenazado, y me contemplé de niña en una plaza de mi barrio, atrapada por una felicidad inmensa lanzando avioncitos de papel, mientras mi padre se afanaba por imprimirle a sus piezas las formas más aerodinámicas. Seguía con una emoción primitiva sus órbitas inesperadas y al aterrizar suspiraba de júbilo. Cuando abrí de nuevo los ojos quise sentirme poseída por la magia que hacía volar aquellos artefactos tan gráciles, pero me rearmé enseguida ante el temor de que asomara la desazón, y me volqué con fruición sobre la escritura.
            De pronto se quebró todo el remanso que habitaba en el cuarto. Cerré con llave la habitación y no tardé en escuchar sus pasos acelerados y sus bufidos. Adiviné que vendría sudoroso y desencajado, y con las comisuras de los labios ensalivadas. Se dirigió primero a la cocina donde revolvió la cubertería hasta extraer su brazo de carnicero. Luego accionó con brusquedad la manilla de la puerta y gritó colérico:
            –¡Abre, hija de puta, deja que te coja!
            No sé dónde oculté la angustia que estuvo a punto de desmoronarme. Sólo la fuerza que brotaba de lo que le había escrito y la posibilidad del suicidio me otorgaron la serenidad suficiente para contestarle:
            –Te abriré, pero quiero que leas esto que he escrito. Al fin y al cabo me vas a matar, qué más te da.
            –No juegues más conmigo, zorra. Tiraré la puerta abajo.
            Introduje el papel por debajo de la puerta mientras él se desesperaba con la cerradura. Unos instantes más de forcejeo, y al fin pudo más su tentación de encontrar el reconocimiento de su esposa arrepentida y avergonzada. Cogió la hoja entre rezongos agitados y comenzó a leer:
            Cuando te salpique el primer borbotón de mi sangre sobre tu cara, ya habrás vengado la ofensa que te ha anunciado el dios de tu bragueta. Luego me darás tantas cuchilladas como ocasiones en que he encontrado la felicidad en la cama de otros hombres. Y los estertores de mi agonía los contarás como jadeos complacientes de otras gargantas más viriles que la tuya. Cerraré los ojos una primera vez, pero no será para morir todavía: intentaré rememorar los orgasmos más sublimes que he tenido para fijarlos en la memoria que me acompañará siempre.
            –¡Mentira, esto es mentira! – gritó como un poseso.
            Y si notas que en los momentos previos a la expiración final se me contrae levemente el rostro, estaré expulsando el recuerdo de tu imagen de animal de sexo dudoso porque no quiero que ensucie el poco equipaje que llevo en la retina.
            Terminarás tu trabajo y permanecerás absorto y arrepentido ante la ninfa que hizo de tu sexo vulgar una fuente de placer desconocido. Yo te lo enseñé todo, porque llegaste a la cama la primera vez como un ciervo pasmado que no sabía ni quitarse la ropa delante de una mujer. Reconócelo, tuve que convertir a un castrado cerebral en un machito discreto, y tuve que mostrarte la cara oculta de la perversión –de la que luego te jactabas ante tus amigos– porque eras incapaz de excitar a una ninfómana. Si supieran que a pesar de los años todavía te desenvuelves con torpeza, que cada noche acabo con la sensación de hacer el amor con un maniquí de cartón piedra, que tu desnudez cadavérica sólo alentaría a los necrófilos, que aún no sabes utilizar bien el preservativo.
            –Zorra, mentirosa, sabes muy bien que nunca hemos utilizado el condón. ¡Te voy a descuartizar!
            Y ahora, mientras me voy muriendo, me entretengo haciendo un avioncito de papel, de esos que me hacía mi padre. Lo haré con la copia de esto que estás leyendo para que vuele y aterrice conmigo.
            De repente sus bramidos explotaron con la fuerza de un huracán. Empujó la puerta con toda la vehemencia que pudo y logró abrirla de un golpe seco. Se dirigió a la ventana, abierta de par en par y, sin percatarse de que me hallaba escondida tras un armario, se precipitó hacia el avioncito que ya describía sus órbitas en el corazón de la primavera. Cuando logró atraparlo, ya era demasiado tarde, pero al menos volaba con su dignidad repuesta. Antes de cerrar la ventana corrí a lavarme las manos; el sudor de su espalda no me dejaba ser libre todavía.






Editado por El toro de barro en el año 2004, 
El hospital inglés
del autor canario Juan José Mendoza, obtuvo en el año 2003 el prestigioso Premio de Cuentos de 
EL ATENEO DE LA LAGUNA.






domingo, 10 de junio de 2007

"El hospital inglés", de Juan José Mendoza








El Hospital Inglés
Juan José Mendoza


Cuando de niños nos apostábamos delante del Hospital Inglés, me parecía que la sonrisa de los marinos coreanos y japoneses había nacido con ellos y se había congelado en su rostro en que naufragaban sus ojos rasgados y su boca apretada. Desde los cristales de sus habitaciones nos miraban con la laxitud del desconsuelo y la resignación a que los arrastraba la enfermedad, necesariamente infectada del extrañamiento que da la tierra y la lejanía. Intercambiaban con nosotros adioses desvaídos que nuestra ingenuidad no alcanzaba a interpretar con la carga de congoja que anidaba en su estado de ánimo. Pero la nostalgia y la pesadumbre que yo imaginaba no desdibujaban la sonrisa inmortalizada en su boca, y creíamos que se alegraban de vernos como figurillas de guiñol que cascabeleaban en el paisaje cansino a que les condenaba su internamiento. Nos colocábamos en las barandas del mirador de Altavista después de la hora de la siesta que tan fecundamente habían asimilado los orientales. Observábamos cómo los más capaces se iban asomando por las cristaleras y posaban sus ojos en sus alborozados visitantes. Entonces comenzaba la ceremonia habitual: chasqueábamos con los dedos solicitándoles monedas «¡moni, moni!», y ellos agitaban su brazo arriba y abajo como dividiendo el aire en un gesto que nunca supimos bien si era complaciente o disuasorio. Al fin, algún lance de sus brazadas parecía reclamarnos y nos acercábamos bajo las ventanas desde donde nos arrojaban algunos peniques con más empaque que valor, mientras nos sacudían los oídos en un idioma que más que proferir palabras ametrallaba sonidos.
Durante un tiempo acostumbramos a pasar con más frecuencia y aprendimos las mañas más eficaces para promover en aquellos marinos el júbilo suficiente para que aflojaran sus bolsillos. Hacíamos payasadas tan grotescas como absurdas salpicadas de cogotazos o traspiés, o jugábamos a la «piola» o al «¿huevo, araña, puño o caña?» montados al caballito sobre los más pusilánimes que aceptaban resignados su papel en el circo. Con los días fuimos capaces de distinguir entre aquellas figuras tan repetidas quiénes eran los generosos, los dicharacheros, los tacaños, los reservados; incluso reconocimos algunas cabecillas que dificultosamente se erguían para contemplar el espectáculo de aquellos loquillos del otro lado del mundo. Y en ese reconocimiento comenzó a conmoverme la imagen de un japonés impasible, de mirada felina, a veces recostado sobre el alféizar de la ventana con los ojos abandonados al horizonte. No participaba en la fiesta que explotaba con nuestra presencia; se limitaba a observarnos a ratos con aire de suficiencia y melancolía, y a fumar con la liturgia lenta y afectada de los actores ilustres. «Es Toshiro Mifune» me dije, «sí, tiene que ser él.» Me quedaba prendado contemplándolo y soñando con la posibilidad de que algún día me arrojara su catana firmada. Pero nunca me hizo caso y yo me conformé con la maravilla de ver salir el humo de su cigarro más acá del celuloide.
Siempre íbamos sólo los chicos del barrio, pero un día le dijimos a Amparo, la rubia, que nos acompañara, que se iba a divertir un rato con los chinos del hospital. Amparo, la rubia, era mayor que nosotros; era ya una muchacha, con las caderas talladas, una sedosa melena platinada y unos pechos bailones flanqueando un canalillo descarado que nos sumía en el tumulto de nuestra pubertad aún balbuciente. Solía limpiar en algunas de nuestras casas y se pasaba el día cantando tonadillas y coplas mientras se volcaba de rodillas sobre el suelo meneando con garbo erótico su trasero. No le conocíamos novio, tal vez porque su ligereza de cascos se lo impedía, aunque, según mi madre, cuando se iba al Copacabana los solterones hacían fila para bailar con ella y proponerle las mil y una suertes que le esperaban con el matrimonio. Pero para nosotros Amparo era una muchacha sin historia, era el cuerpo tórrido que se cimbreaba por las calles del barrio y que no acababa de poseer a la mujer decente que su madre y sus novios deseaban. Por eso no nos fue difícil convencerla y accedió a venirse al espectáculo con la curiosidad instalada en su sonrisa ingenua y frívola.
Comenzamos las monerías con el mismo libertinaje que tanto éxito nos había proporcionado entre los marinos, pero ese día la risa descontrolada de Amparo fue un acicate para lucirnos con lo mejor de nuestro repertorio. Se doblaba especialmente con las groserías que pasaban por la entrepierna, y verla desternillándose provocó que las bufonadas nos enajenaran del todo y olvidáramos que nos hallábamos en la vía pública frente a un edificio desde el que no nos veían sólo los enfermos. En ese estado de trance cómico apenas si nos dimos cuenta de que los marinos estaban especialmente exaltados. Agitaban sus brazos alocadamente describiendo en el aire molinillos disparatados que nos reclamaron antes de que les gesticuláramos el “moni, moni” de siempre. Los peniques cayeron en abundancia y los orientales nos agobiaron con su palabrería y sus gestos que señalaban al escenario de nuestras payasadas. Creíamos que nos pedían una repetición de la actuación memorable y nos deshicimos en explicaciones gestuales para indicarles «¡mañana, mañana!». No hicieron falta muchos días para descubrir lo equivocados que estábamos.
Amparo nos acompañó algunos días y nuestras arcas aumentaron a costa suya. Las monerías ya no le hacían tanta gracia, pero a ella parecía agradarle aquel rito que convertía las tardes tediosas en una algarabía políglota entretenida. Entrados en faena, yo perdía de vista lo que pasaba a nuestro alrededor, pero uno de esos días desinflados en que me distraje de mis cometidos cómicos, una ráfaga de casualidad me atrapó la mirada: mi Toshiro Mifune, descomponiendo su acartonada y aburrida postura habitual, se inclinaba con las palmas de sus manos juntas en una reverencia solemne hacia el exterior de su habitación. Giré instintivamente la cabeza y observé que el rostro de Amparo se había encendido con tanto rubor que no pudo soportar aquel acoso y le dio la espalda a su admirador. Sólo de cuando en cuando ella aceptaba devolver la sonrisa cautiva al samurai impávido que le correspondía con una leve distensión de las comisuras de sus labios.
El tiempo nos retiró de los territorios de correrías infantiles. Amparo había desaparecido unos meses después de que nos acompañara hasta el Hospital Inglés y sólo nos llegó como explicación la voluntad de su madre de mudarse a un barrio menos infectado de lenguas insidiosas. Diez años habían transcurrido cuando un paseo de adultez me llevó con mi hermano Alberto al mismo escenario en que cobrábamos la propina a los marinos coreanos y japoneses. Caminando frente a la clínica recordábamos las payasadas cuando una chiquillería se arremolinó bajo los ventanales por donde asomaban otros marinos orientales que repetían los mismos ademanes que años atrás nos reclamaban. Al grito de “moni, moni” caían algunos peniques sobre las cabezas de aquellos menudos que insistían castañeteando con sus dedos. La vaharada de nostalgia nos detuvo junto a la baranda donde una grata sonrisa mutua nos ayudó a rebobinar el tiempo para contemplarnos enfrascados en el inolvidable espectáculo callejero. Sólo la curiosidad distante me permitió distinguir entre aquellos niños a uno que simpáticamente reverenciaba a sus generosos donantes juntando sus manos e inclinándose con respeto ceremonioso. Cuando mermó la gracia para los marinos, los chiquillos se lanzaron a la calle sorteando el tráfico con osadía infantil y yo seguí con la mirada la figura de aquel niño reverente que me había llamado la atención. Cuando lo tuve más cerca acertó a mirarme, y en unas décimas de segundo descubrí en él, como un fulgor, el semblante adusto de Toshiro Mifune. Mi hermano, que se había percatado de mi interés por el muchachillo, me dijo:
¿Te acuerdas de Amparo, la rubia?
Claro que me acuerdo, le contesté guardándome la sorpresa.







(Este relato de Juan José Mendoza pertenece a su libro El hospital inglés,
editado por El Toro de Barro en el año 2004)