jueves, 1 de marzo de 2012

"La sombra y el mar", de Esther Bendahán









LA SOMBRA Y EL MAR

Esther Bendahan





Un golpe extraño y largo despierta a Eti. Ella apoya la cabeza en el respaldo de la litera. Observa la luz agitada que se desliza por el camarote. Palpa en la oscuridad los rostros de sus tres hijos sobre su cuerpo. Duermen. Tal vez sólo parece que duermen. En sus mejillas destellos de luna. Se vuelve hacia la ventana y observa el círculo luminoso que asciende y desciende agujereando la noche. Se vuelve hacia las literas de al lado. Se acaban de despertar las mujeres gallegas. Desde el inicio del viaje, al atardecer, sus lamentos. Quiere volverse sorda a sus miedos, a las preguntas que se hacen. ¿Cómo abstraerse de unas desconocidas que dejan de serlo? ¿Cómo saber un dolor y luego olvidarlo? La más joven huye mientras que las otras dos, casi ancianas, van en busca de alguien; tal vez de alguien que ya no existe, que no las espera. América. América se repite como un murmullo de olas, de playas lejanas.
Llegan sonidos cortantes. Voces.


A ella la espera Jimmy, que en algún momento fue Jaime, antes de que su nombre se adelantara a su destino. Desde hace un año las aguarda. Por fin envió los visados. Se había acostumbrado a la espera.
Se estremece al oír el ruido de cubierta. El barco mantiene un equilibrio difícil. Los niños duermen aún. El estómago avisa del golpe circular. Algo sucede. Tiembla el barco. Ya no hay luna. Sobre el cristal se rompe el agua. Duele. Ahora el barco se eleva. Ahora baja. "Chema Israel" dice algún lugar de su pensamiento. "Padre nuestro...", oye de repente, las tres en una sola voz como la letanía de un coro en la oscuridad. Se rompe el sonido, se agita. "Padre nuestro". Observa cómo la penumbra une los rostros que se confunden y comparten un gesto. Uno sólo. "El barco se hunde –dice la joven– se hunde". "Padre Nuestro" responden las ancianas al unísono, "y esos niños, ángeles, morir así, Padre nuestro", repiten y continúa un lento susurro que se va convirtiendo en llanto. Teli descubre que ese miedo interno al fin tiene un lugar; no era casual el presentimiento, el malestar continuo desde el inicio del viaje. Salió deTetuán hacia Madrid con un sabor agrio en la garganta, la náusea. Ahora su miedo tiene el rostro del viento agitando el mar.
Observa la oscuridad de afuera como pozo negro. Al despedirse de su familia no dijo aquello que quería decir y los sótanos del miedo oscurecieron su pensamiento.
El pequeño vomita sobre sus hermanas. Se despiertan y comienzan a llorar. Lloran y su voz se confunde con las de las tres mujeres. Oran. Dejan de orar. Recuerdan su cortijo. El olor de Coruña.


Un asistente viene tambaleándose. Abre la puerta. Entra luz pálida. "Salgan, salgan, reúnanse en el comedor".

En un instante descubre de nuevo el rostro de la mirada cálida, al fondo del pasillo. Está allí. La ha seguido. Lo supo desde el primer día. Él la acompaña. Desde niña se enfrentó a esa manera de ser mirada. La primera vez fue una impresión. Se miraron detrás de un arco que daba al Zoco. Se supo niña rodeada por las manos de su familia. Después, la mirada había crecido como ella, y se observó en el mercado de especias con su madre en busca de aromas. Durante días pasea por los cafetines, por las callejuelas, pero no le encuentra. Esos ojos sabían quién era ella. Después de unos años, esa vez al atardecer, justo unos días después del final del Protectorado, de la independencia, paseo por Restinga. Jimmy apretaba su cintura y ella buscaba el horizonte mientras se esconde en su pelo negro. Estaba allí. No había extrañeza, sólo un vacío nuevo. Entonces ella se vio enamorada y supo que quería a Jimmy. Jimmy espera en el puerto.







Una mano en la pared que resbala. La otra sostiene a los niños. Va rozando a un lado y otro del pasillo. Un golpe seco les detiene. Caen. Se incorpora sin perder a los niños. Sólo puede sentir las manos mientras les sostiene. Sigue por el pasillo como túnel oscuro. Suben la escalera. Se tambalean. Los niños no lloran. El espanto aplaca el llanto. Quería hablar. Encontrar a su familia. No podía dejar de pensar. Los pies pesan en el agua. 
Despedirse. Irse. Dejar. Abandonar. En el puerto no había nadie. Nadie que moviera amistosamente la mano. Había que arreglar papeles en Madrid. Qué difícil salir. No, salir es fácil. Irse duele, es lo difícil. También que te dejen llegar. Mi madre y mi cuñado en Madrid, en el hospital. Casualidad que pasaran justo cuando se cae el andamio. Querían acompañarme luego a Cádiz para embarcar y tengo que partir y dejarles en un hospital. Fotógrafos en busca del drama. Sólo un día es noticia. ¿Cuántos días hablarán del barco que se hunde llegando a Venezuela? Viajaron para despedirse. Pedir... debí pedir que no lo hicieran. Mi madre hermosa, ojos oscuros, el pelo desmayado en la almohada, pómulos redondeados. "Mi aljófar, buen viaje, no te preocupes de mí, mí bueno, estoy bien." Y las lágrimas. Cómo duele separarse. Mi cuñado pone las manos en la cabeza de los niños, una bendición, sus nombres suenan en hebreo, Jimmy pensaba que allí podríamos crecer, y yo le sigo. Mi familia, Dios les proteja. Bendiciones.
Llegan al comedor de cubierta. Luz negra. Están todos los pasajeros en sombras, acurrucados en el suelo. Ella se sienta cerca de las tres españolas, apoyadas en la barra del salón. Como si estar en el mismo camarote las hubiera hermanado y así, ahora, comparten el mismo espacio. La joven recuerda a su madre. Las otras dicen mamá, como un lamento sin rostro y madre fuera únicamente una tierra tranquila, sin mares ni sombras. Las niñas se aprietan y ella quiere decir que no tengan miedo, pero el mayor canta un romance que oía de la abuela. Y ellas repiten en susurros. Y Jimmy les espera en el puerto.



Jimmy necesita otro mundo. El padre de Jimmy llegó solo a Tetuán. Sin familia. Le dejaron allí y una familia sin hijos le acogió. De Hungría decían. Al Principio Don Isaac no quería. Otros pretendientes con patrimonios, pero Jimmy tan joven. Don Isaac reconocía algo de lo que no se atrevió a desear en su juventud. Ella le entregaba el alma, pero sentía zonas oscuras y desconocidas. Y el de la mirada nunca dijo nada. ¿Quién era? Distante y atento. Como si no existiera realmente. Sólo como existe el verano fugaz. Allí en Venezuela el verano se queda. Pero cómo decir adiós a una madre. Partir es partirse. Doblarse, dejarse en piezas sueltas imposibles de casar de nuevo. Las mujeres españolas se van de su tierra. Ella se marcha de un lugar que tampoco era suyo. Era volver a partir.
El mar oscuro se rompe en piedras blancas. Quiebra la oscuridad. Roza, golpea la cubierta. El océano del cielo nocturno devora la calma que parecía traer el horizonte en fuga. No volverá a ver a Jimmy.


Las mujeres hablan con un sacerdote. Lloran. El sacerdote se acerca, tambaleándose. "Debe aceptar salvar sus almas. Es mi deber decirlo, no puedo dejar que suceda, señora, no puedo, es mi deber. Déjeme a los niños. Deben ser bautizados ahora". Teli llora. Agarra a los niños. No dice nada. Entrega a sus hijos y los retiene. No sabe y recuerda lo que no ha vivido, otros mares en la inquisición de esas palabras. ¿Qué significa ese mar? ¿ Que desea Dios? ¿Ha pecado? Su rostro qué rostro tiene. Y recuerda su casa. El ruido de los lamentos como mar que ahoga. Agua salada en la garganta. Ella puede pensar. Dos líneas simultaneas, el miedo y, a la vez, recuerdos. Sus hijos temblorosos. Sus padres, unidos como cielo y mar. Plegaria anciana. El capitán pide calma. Una mujer se levanta, quiere salir, grita. El capitán la sostiene y la empuja. La zarandea. La mujer se calma. De repente observa que aquel rostro que siempre la mira se levanta, se para un instante, la mira, sonríe, sale. Un destello fugaz permite observarlo detrás del cristal, en la cubierta. Y el sacerdote insiste. Se incorpora. Ella quiere gritar a ese hombre que tenga cuidado. No sabe su nombre, sólo le intuía desde hacía años. Le busca pero ya no está. Desaparece. La ola. La espuma. La oscuridad. Aprieta a sus hijos. Llora.

La calma se traga la furia y así, de repente, en un instante sin aviso, hay una noche terrestre dentro de un cielo amigo, en reposo, que aprieta la luz en estrellas. Como si siempre hubiera estado allí. Quiere hablar con sus hijos pero la voz no responde. No tiene palabras. Tal vez la recupere cuando llegue y le encuentre en el puerto y Jimmy saque de atrás un ramo mustio de ese verano largo, sin estaciones conocidas, sin pausas. Traerá a su madre, a su padre, les hará venir. Vuelve la luz, observa ahora su rostro reflejado en la puerta de cristal que da a cubierta. Con la barbilla sostiene las cabezas de sus niños, que parecen la prolongación de un sí-mismo elástico. Descubre un gesto nuevo que altera el orden. Se observa. Es ella. Separa los contornos. Encuentra los ojos de su madre, de sus tías. Sin embargo, son los ojos del hombre, y sabe que nunca conocerá el nombre de ese hombre. Y observa que ella sostiene a sus hijos, que parecen sostenerla a ella.




***




Esther Bendahan Cohen nació en 1964 en el enclave marroquí de Tetuán, ciudad que se vio obligada a abandonar siendo todavía una niña como consecuencia de la creciente oleada de antisemitismo que extendió entre la población musulmana del reino alahuita la guerra israelo-palestina de 1967. Vivió desde entonces en Madrid, donde estudió psicología y se doctoró, finalmente, en Filología Francesa. Su peripecia literaria y periodística es ámpliamente conocida por los lectores.  Lo es también su papel jugado como representante en España del Yad Vashem de Jerusalén y sus tareas al frente de la madrileña Sefarad.
Pero sí queremos recordar algunas de las fuentes de nuestra orgullo. Cuando editamos este cuaderno, Esther Bedhahán había publicado al alimón con la escritora israelí Esther Benari una única novela, Soñar con Hispania, que desarrollaba  un territorio espiritual marcado por la cicatriz del desarraigo judío y por la búsqueda obsesiva de la propia identidad personal. La expatriación, la huida, el exilio y la necesidad de reconstruir el mundo interior desde la nada y con los materiales proporcionados por la devastación y la fractura del espíritu, es, también, el gran argumento literario de sus cuentos, algunos de los cuales se encontraban entonces a las puertas de una edición inminente bajo el significativo título de Éxodos, y al que pertenece la pieza literaria recogida en las páginas de los Cuadernos del Mediterráneo, La sombra y el mar: toda una metáfora de la orfandad y de la destrucción judía en la que, sin apenas retórica, y con frases lapidarias y extremadamente cortas, la escritora sefardí dibujaba los últimos y dramáticos momentos de un barco sometido a la furia del mar en los instantes previos al naufragio.



La sombra y el mar
de Esther Bendahan
se acabó de imprimir
en Tarancón, de Cuenca,
el 3 de Septiembre de 2003, 
aniversario de la muerte de 
Carlos de la Rica, fundador 
de El toro de Barro..

domingo, 10 de junio de 2007

"El hospital inglés", de Juan José Mendoza








El Hospital Inglés
Juan José Mendoza


Cuando de niños nos apostábamos delante del Hospital Inglés, me parecía que la sonrisa de los marinos coreanos y japoneses había nacido con ellos y se había congelado en su rostro en que naufragaban sus ojos rasgados y su boca apretada. Desde los cristales de sus habitaciones nos miraban con la laxitud del desconsuelo y la resignación a que los arrastraba la enfermedad, necesariamente infectada del extrañamiento que da la tierra y la lejanía. Intercambiaban con nosotros adioses desvaídos que nuestra ingenuidad no alcanzaba a interpretar con la carga de congoja que anidaba en su estado de ánimo. Pero la nostalgia y la pesadumbre que yo imaginaba no desdibujaban la sonrisa inmortalizada en su boca, y creíamos que se alegraban de vernos como figurillas de guiñol que cascabeleaban en el paisaje cansino a que les condenaba su internamiento. Nos colocábamos en las barandas del mirador de Altavista después de la hora de la siesta que tan fecundamente habían asimilado los orientales. Observábamos cómo los más capaces se iban asomando por las cristaleras y posaban sus ojos en sus alborozados visitantes. Entonces comenzaba la ceremonia habitual: chasqueábamos con los dedos solicitándoles monedas «¡moni, moni!», y ellos agitaban su brazo arriba y abajo como dividiendo el aire en un gesto que nunca supimos bien si era complaciente o disuasorio. Al fin, algún lance de sus brazadas parecía reclamarnos y nos acercábamos bajo las ventanas desde donde nos arrojaban algunos peniques con más empaque que valor, mientras nos sacudían los oídos en un idioma que más que proferir palabras ametrallaba sonidos.
Durante un tiempo acostumbramos a pasar con más frecuencia y aprendimos las mañas más eficaces para promover en aquellos marinos el júbilo suficiente para que aflojaran sus bolsillos. Hacíamos payasadas tan grotescas como absurdas salpicadas de cogotazos o traspiés, o jugábamos a la «piola» o al «¿huevo, araña, puño o caña?» montados al caballito sobre los más pusilánimes que aceptaban resignados su papel en el circo. Con los días fuimos capaces de distinguir entre aquellas figuras tan repetidas quiénes eran los generosos, los dicharacheros, los tacaños, los reservados; incluso reconocimos algunas cabecillas que dificultosamente se erguían para contemplar el espectáculo de aquellos loquillos del otro lado del mundo. Y en ese reconocimiento comenzó a conmoverme la imagen de un japonés impasible, de mirada felina, a veces recostado sobre el alféizar de la ventana con los ojos abandonados al horizonte. No participaba en la fiesta que explotaba con nuestra presencia; se limitaba a observarnos a ratos con aire de suficiencia y melancolía, y a fumar con la liturgia lenta y afectada de los actores ilustres. «Es Toshiro Mifune» me dije, «sí, tiene que ser él.» Me quedaba prendado contemplándolo y soñando con la posibilidad de que algún día me arrojara su catana firmada. Pero nunca me hizo caso y yo me conformé con la maravilla de ver salir el humo de su cigarro más acá del celuloide.
Siempre íbamos sólo los chicos del barrio, pero un día le dijimos a Amparo, la rubia, que nos acompañara, que se iba a divertir un rato con los chinos del hospital. Amparo, la rubia, era mayor que nosotros; era ya una muchacha, con las caderas talladas, una sedosa melena platinada y unos pechos bailones flanqueando un canalillo descarado que nos sumía en el tumulto de nuestra pubertad aún balbuciente. Solía limpiar en algunas de nuestras casas y se pasaba el día cantando tonadillas y coplas mientras se volcaba de rodillas sobre el suelo meneando con garbo erótico su trasero. No le conocíamos novio, tal vez porque su ligereza de cascos se lo impedía, aunque, según mi madre, cuando se iba al Copacabana los solterones hacían fila para bailar con ella y proponerle las mil y una suertes que le esperaban con el matrimonio. Pero para nosotros Amparo era una muchacha sin historia, era el cuerpo tórrido que se cimbreaba por las calles del barrio y que no acababa de poseer a la mujer decente que su madre y sus novios deseaban. Por eso no nos fue difícil convencerla y accedió a venirse al espectáculo con la curiosidad instalada en su sonrisa ingenua y frívola.
Comenzamos las monerías con el mismo libertinaje que tanto éxito nos había proporcionado entre los marinos, pero ese día la risa descontrolada de Amparo fue un acicate para lucirnos con lo mejor de nuestro repertorio. Se doblaba especialmente con las groserías que pasaban por la entrepierna, y verla desternillándose provocó que las bufonadas nos enajenaran del todo y olvidáramos que nos hallábamos en la vía pública frente a un edificio desde el que no nos veían sólo los enfermos. En ese estado de trance cómico apenas si nos dimos cuenta de que los marinos estaban especialmente exaltados. Agitaban sus brazos alocadamente describiendo en el aire molinillos disparatados que nos reclamaron antes de que les gesticuláramos el “moni, moni” de siempre. Los peniques cayeron en abundancia y los orientales nos agobiaron con su palabrería y sus gestos que señalaban al escenario de nuestras payasadas. Creíamos que nos pedían una repetición de la actuación memorable y nos deshicimos en explicaciones gestuales para indicarles «¡mañana, mañana!». No hicieron falta muchos días para descubrir lo equivocados que estábamos.
Amparo nos acompañó algunos días y nuestras arcas aumentaron a costa suya. Las monerías ya no le hacían tanta gracia, pero a ella parecía agradarle aquel rito que convertía las tardes tediosas en una algarabía políglota entretenida. Entrados en faena, yo perdía de vista lo que pasaba a nuestro alrededor, pero uno de esos días desinflados en que me distraje de mis cometidos cómicos, una ráfaga de casualidad me atrapó la mirada: mi Toshiro Mifune, descomponiendo su acartonada y aburrida postura habitual, se inclinaba con las palmas de sus manos juntas en una reverencia solemne hacia el exterior de su habitación. Giré instintivamente la cabeza y observé que el rostro de Amparo se había encendido con tanto rubor que no pudo soportar aquel acoso y le dio la espalda a su admirador. Sólo de cuando en cuando ella aceptaba devolver la sonrisa cautiva al samurai impávido que le correspondía con una leve distensión de las comisuras de sus labios.
El tiempo nos retiró de los territorios de correrías infantiles. Amparo había desaparecido unos meses después de que nos acompañara hasta el Hospital Inglés y sólo nos llegó como explicación la voluntad de su madre de mudarse a un barrio menos infectado de lenguas insidiosas. Diez años habían transcurrido cuando un paseo de adultez me llevó con mi hermano Alberto al mismo escenario en que cobrábamos la propina a los marinos coreanos y japoneses. Caminando frente a la clínica recordábamos las payasadas cuando una chiquillería se arremolinó bajo los ventanales por donde asomaban otros marinos orientales que repetían los mismos ademanes que años atrás nos reclamaban. Al grito de “moni, moni” caían algunos peniques sobre las cabezas de aquellos menudos que insistían castañeteando con sus dedos. La vaharada de nostalgia nos detuvo junto a la baranda donde una grata sonrisa mutua nos ayudó a rebobinar el tiempo para contemplarnos enfrascados en el inolvidable espectáculo callejero. Sólo la curiosidad distante me permitió distinguir entre aquellos niños a uno que simpáticamente reverenciaba a sus generosos donantes juntando sus manos e inclinándose con respeto ceremonioso. Cuando mermó la gracia para los marinos, los chiquillos se lanzaron a la calle sorteando el tráfico con osadía infantil y yo seguí con la mirada la figura de aquel niño reverente que me había llamado la atención. Cuando lo tuve más cerca acertó a mirarme, y en unas décimas de segundo descubrí en él, como un fulgor, el semblante adusto de Toshiro Mifune. Mi hermano, que se había percatado de mi interés por el muchachillo, me dijo:
¿Te acuerdas de Amparo, la rubia?
Claro que me acuerdo, le contesté guardándome la sorpresa.







(Este relato de Juan José Mendoza pertenece a su libro El hospital inglés,
editado por El Toro de Barro en el año 2004)

martes, 5 de junio de 2007

Testimonios de supervivientes de Auschwitz

Estos son los testimonios de algunos de los 130 niños que tuvieron la fortuna de sobrevivir a Auschwitz.
Han sido recogidos del libro La cicatriz del humo,
de la psiquiatra y novelista israelí Amela Einat,
publicado por el Toro de Barro en el año 2003.
La autora ha ocultado los nombres reales de los protagonistas, que asistieron con un grupo de jóvenes adolescentes israelíes a un viaje por los laberintos de la muerte...




“En Stutthoff nos separaron de las madres. No te lo conté jamas. Había que elegir con quien quedarse. Era hijo único. Preferí quedarme con papa. Sabía que no iba a poder arreglarse solo. Era un distraído. Un estudioso. Pensé que no iba a poder arreglarse a solas. Yo era grande, tenía once años y entendía que debía cuidar de él. Después de dos semanas en el tren también me separaron de él. Fue como si me echaran el peso del mundo encima. Me cerré, me quedé encerrado en mí mismo. No me interesó ya nada. Sentía que todo se había terminado. Tenía miedo. Mi ser estaba desnudo. Solo. Fragmentado. No deseaba nada. Nada. Después me desperté a la fuerza y me convertí en una especie de bestia. Un instinto vivo. Un caballo con el yugo al cuello, arrastrando cadáveres a los crematorios. Hurtaba comida. Robaba de todo. ¿Cómo pueden los padres hacer algo así...cómo pueden abandonar a un niño solo? Recién ahora, últimamente, me pregunto…no logro encontrar respuesta.
No volví a pensar en ellos desde entonces. No recordaba. Me había prohibido recordar. Todo en mí se había acabado desde aquel momento en que mama despareció. Se habían terminado mis sentimientos. Desde aquel momento estuve solo. Hasta este viaje con estos chicos. Ahora. Cuando hablas a veces con tus padres, cuando te diriges a ellos, yo no siento nada. No siento. Soy huérfano. Cómo pueden los padres hacer algo asi? Piensa en nuestras gemelas, que no dejan de cuidarme durante todo el viaje.
Sólo ahora, gracias al viaje con estos jóvenes, esta nueva familia que me nació en el viaje, se me despierta algo antiguo, algo de aquella antigua ternura. Hasta este viaje había cortado todo, había bajado un telón, como si hubiera decidido que tras él no existía nada, que tras él jamás existió nada, que todo era vacío, limpio…Ya lo sabes, ninguna memoria quedó en mi de los años de antes de. No el jardín de la infancia. No la escuela. Una vez un caballo me desgarró la camisa. Fuera de eso, nada. Todo borrado. ¿Cómo pueden los padres abandonar así a sus hijos? Hubieran podido huir conmigo, si lo hubieran pensado a tiempo ¿no es asi?
A Israel llegué para volver a empezar. Guardé silencio. No tenía nada que decir. ¿Quién me hubiera creído? Una vez, mientras viajaba en autobús, iba sentada a mi lado una muchacha, que me preguntó qué era ese numero que llevaba grabado en la mano. Le dije que era un numero de telefono que había anotado para no olvidarlo y ella se lo creyó.
Como bien sabes, no he vuelto jamás a este lugar desde que me separaran de mis padres en la estación de tren. Hoy, junto a estos chicos, me quebré. Por primera vez todo volvió. Recité la plegaria de Kadish. Pronuncié la palabra Mama. Por primera vez, al lado de todos, dije mama y lloré. Vencí, gané, mama, ¡estoy vivo! Y lloré, y todos lloraron conmigo.
Todos lloran conmigo ahora, mama”.
(Berko)
“Viajamos en tres vagones. En una de las estaciones nos separaron de nuestras madres y hermanas. No recuerdo cómo exactamente. Fue todo tan rápido que no alcancé a percibirlo. Por lo menos nos quedaron los padres. Después los bajaron también a ellos. Entonces me hice un ovillo en un rincón del vagón. No quería vivir. ¿Para qué vivir? Fueron quizás tres días los que no me moví del rincón del vagón. Después desperté de un golpe al miedo. Recuerdo que en un momento determinado me levanté del piso, después de varios días en los cuales no había existido. Me levanté y me paré temblando y de repente le pedí a Dios que me dejara con vida. Sabía a dónde nos llevaban. Había oído. Sabía que allí incineraban. Sabía que la muerte había llegado y de repente, precisamente en ese momento, no quería morir.
Era de mañana cuando llegamos a la plataforma de Auschwitz. Había niebla. Bajamos del vagón en silencio, preparados. Vi a Guershon que empujaba a un grupo para que se pusiera en fila de tres. Ya nos había entrenado para eso en el campo anterior, después de separarnos de nuestros padres, cuando nos encerraron en una carpa especial rodeada de alambres de púas. Entonces, después de deslizarse hacia donde estábamos, nos había enseñado cómo prepararnos para las formaciones que nos hacían todos los días.
En la plataforma de Auschwitz nos hacía marchar para un lado y para otro: izquierda-derecha, erguir la espalda, marchen, al frente. Cuando pasamos frente al oficial alemán que estaba allí, le hizo la venia con la mano extendida. Hasta el día de hoy no entiendo cómo logró hacerlo. Y nosotros marchamos tras él como robots, y ellos nos dejaron con vida. No nos enviaron a esas duchas. Nos metieron en una carpa. A la noche vino el Zonder-Komando y dijo: ‘Niños, os habéis salvado. Ahora a la desinfección y al trabajo’, y nos llevaron a la barraca.
Caminamos tras Guershon como robots en la niebla. Sin quejarnos y sin tropezar. De alguna manera percibimos que él sabía. Que él nos habría de cuidar. En esos momentos, no lo creeréis, niños –concluyó Chomski con un travieso guiño de su eternamente sonriente ojo izquierdo– en esos momentos se me fue el miedo para siempre. ¿Morir? ¿Qué es morir? Nada. Una coma de paso entre y entre. Es una cosa de nada morir”.
(Chomski)

“Yo no soñaba salvarlos -nos cuenta otra superviviente- cuando me arrastré hacia su carpa. No se trataba de eso –dijo con lentitud, para comodidad de Gali que anotaba–. Yo contaba con 17 años y no tenía ninguna posibilidad de salvar a nadie allí. Pensaba sólo en estar con mi hermanito cuando lleguase lo peor. Sabía, todos sabíamos, adónde nos iban a enviar. Y los alemanes, a pesar de la corta edad de los niños y el poco tiempo de vida que les quedaba, les hacían formaciones todas las mañanas. A esos pequeños que no entendían qué querían de ellos. Había gritos, empujones, golpes y mucho llanto. Pensé que si se formaban rápido, se les podía evitar un poco de la pesadilla. Y ellos se me pegaron como cachorritos. En momentos como esos todo se muere del miedo ¿entienden? No tengo palabras en hebreo para explicarlo. Los pies son como hielo, como en los sueños, cuando uno no se puede mover del lugar. Y el estómago... Nadie tenía allí la esperanza de salvarse. Lo único que quería era ahorrarles a los pequeños una parte de los golpes matutinos, y comencé a entrenarlos a hacer fila rápido en línea recta con espacios. Después les enseñé también a hacer triple fila y a marchar delante de la carpa. Hacían todo lo que les decía, como si confiaran en mí... Como si yo fuera vaya a saber quién...”
Cuando me despedí de papa a la madrugada, antes de arrastrarme a la carpa de los niños, le susurré: ‘Papa, tú no estás solo. Velvel está contigo. Yo voy con Jaimón’.
Y papa me susurró: ‘Sabes a dónde van...’
Y yo meneé la cabeza asintiendo que sabía todo: ‘Me voy con él’
Y papá dijo: ‘Si alguien queda vivo después de esto, que vuelva a casa, volved a casa’.
Y yo dije: ‘Sí papa, sí papa’, y me arrastré por debajo del alambrado de púas que rodeaba a la carpa de los niños, y entré. Estaban acostados, acurrucados como pollitos. Me incliné hacia ellos, y se me juntaron temblando como pollitos.
Dos días más tarde nos trasladaron a todos a los vagones herméticos del tren. Días y noches duró ese viaje de pesadilla, y cuando el tren se detuvo y nos bajaron en la plataforma, excepción hecha de Yozi y Marek que habían saltado afuera en el camino, comenzaron los gritos y los ladridos. Los niños se me dispersaron de repente, mezclándose con personas que habían bajado de otros vagones, pero en cuestión de segundos los reuní y los llevé en medio de todo el gentío en filas de tres ordenadas, con ritmo. Un grupo de niños. ¿Niños? Eran bebés. Un grupo ordenado de bebés, que parecía lleno de energía. Lo único que quería era evitarles los garrotes y los perros y quizás también espantarles horrorosos pensamientos. Y de repente se transformó en más que eso. De repente alguien allí, dicen incluso que fue el propio Mengele, decidió variarnos el sentido en que marchábamos. De los miles que marchaban entre los cercos directamente a las duchas de gases, a nosotros nos condujeron a duchas de verdad. No les creímos de verdad cuando nos dijeron que eran duchas desinfectantes. Esos niños sabían todo, habían oído todo. Estábamos seguros de que eran duchas de gases. Que era la muerte. El miedo era terrible. No tengo palabras en hebreo para describir ese miedo. Pero finalmente lo que salió de esos orificios allá arriba era agua. Agua de verdad. Y después vino uno de los Zonder Komando y nos dijo: ‘Vosotros os quedáis’.
Hasta el día de hoy no sé qué fue lo que sucedió. Nadie lo entendía. Muchas veces intentamos pensar para qué necesitaban los alemanes a 129 niños en ese diluvio de muerte que reinaba allí. Quizás porque con su demente precisión no renunciaban a nadie. Todo lo tenían anotado, archivado en carpeta. Cada movimiento de cada uno...
Y con todo, lo que hacían con nosotros no tenía lógica. Los pequeños pensaron que el milagro se debía a mí y se me pegaron aún más. A veces pienso que quizás todo eso era para los alemanes una especie de juego. Un grupo de niñitos marcha y les hace la venia en lugar de lloriquear. Sí, todo lo que allí había era surrealista e ilógico, ¿no? Un ejército entero, grande, con hermosos uniformes, buscando a un judío que se esconde en el gueto o en el campo. Soldados con fusiles, motos, perros y qué no, persiguiendo a un único judío que intenta escapar. Es raro e incluso cómico. Una especie de comicidad cruel imposible de entender. Dejar así de repente a 129 niños pequeños. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué fuerza de trabajo eran? Es una tontería pensarlo. Después pensamos que quizás ese día los crematorios estaban demasiado cargados, pero eso también es una tontería. 129 de un total de miles, ¿qué quiere decir ‘estaban cargados’? De verdad un pensamiento necio.
Al cabo de un tiempo, no sé cuanto, quizás semanas, tal vez menos, no sé cuánto, y que nadie venga a contar que recuerda tiempos precisos de aquellos días, me separaron de ellos sin darme tiempo a avisarles. Me encontraron fuera de la barraca. Todavía intenté pasarles la rebanada de pan que me habían dado para el camino, pero el que la recibió de mi mano salió corriendo en otra dirección. Claro. Pero todos ellos ya habían aprendido a arreglarse por sí mismos. Y el que no aprendió, no aprendió. En total, de todos los 129 quedaron con vida sólo los que aprendieron.
El 2 de mayo, día de la liberación, estaba en el campamento de Mathausen. Era el único judío entre decenas de miles de presos. Salí afuera, encontré una bicicleta y me fui en ella a casa en un viaje que duró tres meses, como mi padre me había pedido que hiciera. Cuando llegué encontré a mis padres con vida. Era el único de todos los niños que había encontrado a sus padres. ‘Encontrado’ es una manera de decir. Eran por cierto las personas que me habían engendrado. La mujer en esa casa era ciertamente mi madre. Pero algo dentro de mí se había desconectado de ellos. Se había cortado. Me comporté como se debe. Ayudaba en lo que había que ayudar. Me quedé con ellos. Pero algo dentro de mí, en el lugar en que se siente, en el que se ama de verdad, se había apagado. A veces envidiaba a mis compañeros que no habían encontrado, que no tenían a dónde regresar, que podían seguir echando de menos a la madre que habían tenido alguna vez.
No hablamos ni una palabra entre nosotros, no sobre eso... No sobre Jaimón que ya no estaba, no sobre lo que nos había sucedido allí, no sobre cómo nos salvamos. Todo quedó encerrado adentro. Borrado. Así fue hasta ahora, hasta este preciso momento...”

(Guerson)

“Me llamo Ben y soy judío. Mi padre sufrió en la niñez las peores cosas que le pueden pasar a un niño. Perdió a sus dos padres y se halló solo frente al ejército alemán, los policías polacos, el hambre, el frío, los miedos y la muerte. Luchó solo contra todas estas cosas y venció. Su cuerpo quedó en vida, pero le asesinaron el alma, que quedó allí, muy por detrás. Sólo una cosa quedaba de ese alma: la memoria.
Quiero unirme a esa memoria. Intento imaginar y no logro ver nada, aunque reviva una y otra vez delante de mis ojos. Cuando encuentro a mi padre llorando como un niño, como el niño que fue alguna vez. Yo he dejado de llorar desde muy temprana edad, aunque en mí hay montañas de llanto cada vez que pienso en él, porque cada día que pasa veo más y más su dolor y su martirio. Y me pregunto si después de todo lo que pasó, después de que sus padres lo abandonaran, cómo puede confiar en alguien, creer en algo. Me pregunto si después de las cosas que le pasaron es capaz de amar.
Es acaso capaz de amarme? Espero que pueda, que a pesar de todo ame. A veces pruebo, intento hablarle. No funciona. Pienso que es porque nunca está verdaderamente a solas conmigo. Siempre nos acompaña ese silencio terrible que se extiende entre los dos”.
(Ben, un adolescente)

“Llegué hasta aquí con ‘la tía’ polaca que tengo, donde me escondí hasta la revuelta polaca. Después nos detuvieron y nos trasladaron a Auschwitz. Allí fuimos separados. A ella la llevaron al campo de los gitanos y a mí al campo de los judios, a una barraca en la que había niños y muchachos polacos. En las noches me arrastraba entre los alambres de púa que separaban los dos campos para pasarle un mendrugo de pan, y a veces también un poco de sopa. Desde nuestro campo veíamos cómo sacaban a la gente de los vagones, de qué manera se los llevaban en fila a su muerte. Nos contaron que les dan jabon y que les ordenan que vayan a los baños, que allí los encierran y les inyectan gas y que, después de un cuarto de hora, todos se convierten en cadáveres. Nos contaron que si uno se pone un trapo embebido en orina bajo las narices y sobre la boca, se puede aguantar quince minutos más, pero que eso no conviene ya que apenas alarga el suplicio. Lo que más conviene –así nos contaron– es respirar pronto y morirse rápido”.
“El crematorio trabajaba de día y de noche. La llama que salía del horno iluminaba todo el campo. La luz en las noches era como la luz en los días. El humo negro entraba en los ojos y en la boca. Todo estaba repleto de ese olor. Yo me arreglé de algún modo. ¿Era polaco, no? Ninguno de los que compartían la barraca conmigo sospechaba quién era en realidad. Un día trajeron nuevos inquilinos. Un grupo grande de niños judíos. Los pusieron enfrente, del otro lado de la barraca. Nosotros, los polacos, no los soportábamos”.
“Les arrojábamos ollas sucias. Les maldecíamos. Yo más que los demás. No sé como hacían para soportarlo. A lo mejor el hecho de que estaban juntos, en un grupo, les ayudaba…Había entre nosotros uno muy malvado que repartía la ración de sopa de la noche. Los torturaba sin piedad. Los obligaba a doblarse sobre la fría estufa de piedra que había allí con las manos hacia adelante y, en las manos, una silla o algún otro objeto pesado y con una de las piernas en el aire, del otro lado del la estufa. Asi los tenía durante horas, hasta que se caían o, a veces, los obligaba a saltar como ranas alrededor de la estufa.”
“Una vez, durante la selección que hicieron de niños judíos, el médico de los campos trajo una tabla marcada. El niño cuya altura llegaba hasta la marca se quedaba en la barraca y quien no llegaba era enviado al crematorio. Los niños se empinaban sobre las puntas de sus pies y se estiraban cuan largos eran. Había allí un tal Motale, muy pequeño, que escondíamos en la parte polaca de la barraca, en la plancha que me servía de colchón bajo la cobija”.
(El padre de Ben)