jueves, 12 de abril de 2012

"La balada del carcelero", de Agustín Díaz Pacheo





LA BALADA DEL CARCELERO

Agustín Díaz Pachecho
(Línea de Naufragio, Toro de Barro, Cuenca 2003)



            El silencio es testigo invisible, agazapado. Un carcelero presencia el descanso de los presidiarios. Mientras, el carcelero ha encomendado buena parte de su vida en vigilarlos. Son hombres jóvenes, personas entradas en edad cuya lozanía se ha marchitado en componiendo un abominable bestiario. Sólo reciben alguna visita, hasta que el opresivo ambiente de la cárcel termina por convencer a amigos y hasta familiares, los va disuadiendo, y terminan por adormecer su conciencia enviándoles cartas y algún paquete que es minuciosamente inspeccionado. En no pocas ocasiones, el carcelero evita mirar sus rostros, detenerse en sus facciones. Tiene la sensación de que lo acusan, que lo odian. Él no tiene la menor culpa de sus delitos, de sus condenas, del diario sufrimiento.
            Algunos presidiarios llevan años aislados. Algunos escriben, otros, los menos, leen. Están los que se entretienen en los talleres, y bastantes son los que tienen que cumplir la agotadora labor de cumplir con los trabajos forzados a que han sido condenados.
            Es lo que sucede en la cárcel. Estricta vigilancia de día. Silencio durante la noche.
            Al llegar el ocaso, las galerías mantienen una tenue luz, una claridad difusa. La oscuridad no es absoluta. En muchas ocasiones el carcelero puede escuchar voces, diálogos bisbiseados, exclamaciones que provienen de atormentados sueños. En ciertos momentos de la madrugada surge alguna que otra voz reclamando la distancia obligada del hogar, la familia, la esposa, los hijos, los amigos. Escucha también el murmullo ahogado del sollozo. Piensa que se lo tienen merecido, pero luego recapacita. A pesar de que han robado, extorsionado, violado o asesinado, y suponen una amenaza para la sociedad, siempre surge la duda. Aun siendo simples delincuentes, el carcelero medita en la segunda y hasta tercera oportunidad que debe brindársele a toda persona.
            Las cárceles todas son muros, islas de un archipiélago sin libertad, un conjunto de islas amordazadas por fuera y acalladas por dentro. Dentro de tales islas sólo hay silencio y miseria. Él presencia las cadenas invisibles. Están marcadas en los ojos. Una mirada triste. Presencia su falta de libertad y cree que los presidiarios pueden comprobar su atenta vigilancia.


            ¿Qué concepto tienen de mi ocupación, cómo estiman mi oficio, cómo medirán mi conducta, cuántas veces maldecirán mi falta de sueño? Y sólo de pensarlo me entra escalofríos. Muchas veces puedo comprobar unos labios, cómo diría yo, sí, provocativos, unos labios provocativos y unas miradas que inquietan. Otras veces se dedican a las ironías, se dedican a hacer bromas, las hacen adrede, y hasta también hacen burlas, son astutos como zorros. Los acompaño, a veces de día, a veces de noche. Pero entonces es cuando no me pongo de acuerdo conmigo mismo; yo no puedo escapar del círculo de la prisión, del maldito agobio que hay en la prisión. Es un momento desagradable, muy desagradable, porque es doloroso, y yo me digo que también soy un presidiario, un represor quizá, sí, un represor como me dijo un día Anthony Rockwell, el abogado, un majadero, un cabrón, un tío que se ha hecho un hombre en la trena.
            A veces no puedo dormir cuando estoy en casa. Mis sueños me ponen en la misma cárcel, rodeado de barrotes por todos lados, de sudor, un maldito y cochino sudor, y gritos, es horroroso cómo gritan estos cabrones, y no digo nada de los que están condenados a trabajos forzados y extenuaciones. En toda la tira de años que llevo aquí dentro, no he podido olvidar sus quejas, sus ruegos, sus gritos, cuando se callan como putas, sus voces, sus malditas voces, aunque había un poeta que decía que eran voces naufragando entre sueños. Eran voces de unos mal nacidos. Pero, pero, ¿cómo puedo mirar sus pupilas? ¿De dónde coño saco yo el valor para tratar de tú a tú a individuos que han recibido sentencias firmes, que han recibido sentencias, penas sin remisión?
            Hace algunos días tuve que torcer la mirada de la mayor de mis hijas. Tiene unos ojos azules muy bonitos, unos ojos que no pierden ni un detalle. Me molestó cómo me observaba, cuidadosamente, pero me observaba. Los ojos parecían dos tizones, me quemaban, joder, me quemaban, vaya si me quemaban. No habló nada, no dijo ni mu. A veces mis amigos me miran y me vuelven a mirar en el bar, ante unas buenas cervezas, cuando tiramos dardos o nos ponemos a hablar de nuestra estancia en la India. No dejan de hacerme preguntas, una tras otra, todas sobre la cárcel.Ya los conozco, así que les salgo con bromas. Cuando vuelvo a la cárcel, al entrar de servicio, vuelvo a pensar en las largas y pesadas horas que tengo que aguantar, y que se hacen aún más pesadas durante la noche. Y tengo que vigilar con mucho cuidado a los cabrones que están en las celdas de castigo. Pero a veces se me pone un nudo en la garganta, son los huevos que se me ponen de corbata, y sucede cuando lo de las visitas de familiares, las visitas de amigos. No dejan de llorar.


            Aquí hay quienes dibujan, quienes pintan, quienes hacen figuras de papel, quienes pintan, quienes leen o quienes escriben. No son todos, pero sí son los que más resisten. La mayor parte se dedica a no dar golpe. Se dedican a darle vueltas a la cabeza, con lo cual no hacen nada más que complicarse la vida, se vuelven débiles o se vuelven unos brutos. Pero no sé por qué razón he llegado a pensar que yo soy menos libre que los que están en la trena. Quizá los enchironados sean mis guardianes y no me lo quieren decir. A veces no dejo de pensar que de una manera que yo no acierto a comprender yo puedo ser un enchironado como ellos, porque en cierto sentido dependo de ellos. Yo, de rebote, le saco partido a la delincuencia, a tantos patanes, a tanta gentuza. Y quién sabe si yo soy peor que muchos de ellos, pero la cosa está bien clara: ellos están tras las rejas, bien enchironados, y yo estoy fuera.


            Ahora estoy intentando leer por cuarta vez la misma página del libro que me mandó un recluso. Se llamaba Sebastian Melmoth. Me voy de la página, tengo que centrarme. Estoy pensando en Sebastian Melmoth. Estoy pensando en los hombres que están en la trena. Y vuelvo otra vez a preguntarme a mí mismo. Sin todo el tiempo que están enchironados yo no podría sostener una familia, tener dinero para la comida, que la familia se alimente y que no pase necesidades, y pegarme unas pequeñas vacaciones. ¿Al fin y al cabo, y gracias a los presos, a que yo soy uno más de los que los vigilan, puedo ganarme un sueldo decente, de lo cual no me debo quejar?
            Me agota el cansancio, trabajando sin cesar, soportando a una pandilla de gandules, de cerdos, los que a veces me hacen dudar, los mismos que me han ido poniendo nervioso ante los ojos de mi pequeña Anne. Y ahora que me viene a la memoria Anne, ¿qué disculpa tendré que inventarme, qué decirle, qué inventarme ante mi otra hija, la mayor, Elisabeth? Anne habla como un loro, es que no para, y habla que te habla y me suelta lo del vuelo libre de las aves y la brisa que viaja por el paisaje. ¿He de hablar con su maestro, y qué le diré? Me soltará en mis narices que Anne es una pequeña poeta, una niña delicada. Yo creo que Anne sabe algo de mis quebraderos de cabeza, lo sospecha. No sé, no sé qué he podido leer en sus ojos, porque tiene unos ojos que atraviesan, vaya que si atraviesan. ¿Me estaré volviendo loco? Cada vez escasean más mis conversaciones cuando estoy en casa. Los nervios, que me pueden. Me conducen a líos y más líos, hasta que llega a dolerme la cabeza. ¿Tengo disculpas? ¿Cuáles y cómo explicárselas a la familia, a los amigos en el bar, cuando tomamos cerveza? Cada vez creo más que mi trabajo de carcelero tiene algo que ver con lo que han hecho los presos.
            Escucho un toque en una de las puertas. Ah, es John Farwell, el atracador. Robar para dar de comer a su familia es algo que me intriga. Me recuerda a Robin Hood, pero tirando a lo malo. No robaba para vivir lleno de lujo. ¿Quién es el que tiene la culpa de que Farwell esté en prisión? O el presidiario Lawrence Mulligan, que golpeó hasta herir gravemente a un degenerado que intentaba violar a su hija, una adolescente de dieciséis años. ¿Dónde está el hombre que intentaba violar a la hija de Mulligan, rodeado de abogados caros y sentándose en uno de los clubes de Liverpool?
            Vuelvo a escuchar otro toque en la celda de Farwell y he de llegarme a ver qué carajo quiere, ¿Qué pasa, Farwell, con tanto toquito en la puerta, tocotocotocotoc, qué coño pasa con tanto tocotocotocotoc?, pregunta el carcelero, ¿Un poco de agua, algo de agua, tengo mucha sed?, suplica el preso, Farwell, bien sabe usted que hasta la hora del desayuno no se puede abrir su celda, está del todo prohibido, así que cállese, joder, suena enérgica y reglamentaria la voz del carcelero. Creo que mis palabras han servido para que se calle de una puñetera vez, hasta por la mañana por lo menos. Pero creo que se le podría traer un poco de agua. Pero no puedo, no puedo hacerlo, lo prohíbe el reglamento. ¿Pero si yo olvidara el reglamento durante unos cuantos minutos?, sí, tal vez Farwell dormiría mejor, mejor dicho, podría dormir. Vaya manera de vivir, tanto los presos como yo. Unos y otros, todos revueltos sin querer. Mientras unos duermen o quieren dormir, yo estoy despierto o no me queda otro remedio que estar sin dormir, menudo panorama. Los presos y yo tenemos una relación bastante rara, bastante especial. Pero los presos no viven en libertad. Lo han dicho los jueces, las leyes, y hasta yo tengo que aguantar el reglamento. ¿Pero dónde está la diferencia? Pero no dejo de pensar que muchos presos ya no saben cómo amanece. Ya no se acuerdan del ruido que se hace en las calles, ni el griterío en los bares. En la trena han aprendido a olvidarse para poder conocer otra manera de vivir la vida, de lo contrario no durarían dos días. Ya no oyen a los pájaros ni la brisa haciendo que se muevan las ramas de los árboles. Están bien encerrados.Terminarán por olvidarlos. Y cuando salgan de aquí algunos de ellos no tardarán en volver a chirona.


            No me queda más remedio que pensar, ¿en qué pensarán estos hombres? menuda paciencia la que tienen, En ocasiones acuden a mí, me piden un cigarrillo a hurtadillas, a veces no me queda más remedio. Dicen alguna frase, les contesto con un gesto, con un movimiento de cabeza. En el patio se suelen reunir en pequeños grupos. Parecen miembros de una tribu. No es otra cosa más que pura simpatía entre ellos, pura amistad. Pero yo no me puedo mover de aquí y estar con mil ojos. No me queda más remedio que vigilar a los muy cabrones.
            He de caminar un ratito. Si sigo sentado hace que me tiente el sueño. Caminaré durante unos minutos. Parezco un centinela, un guardián de personas equivocadas, de tíos raros, fuera de la ley, fuera de la sociedad. Pero parece que hay algo que nos une. Tenemos un trato muy especial.
            Voy a sentarme. Intentaré leer algo.
            No dejo de recordar al preso ce punto treinta y tres.
            Era alto y distinguido. Todo un caballero. Pero poco a poco se fue marchitando. El estar solo, sentirse burlado, alejado y saber que hasta muchos compañeros lo despreciaban, tenía que ser algo bastante tremendo. Más de uno le recordaba el porqué estaba encerrado, otros lo llamaban abiertamente maricón y hacían gestos con las manos y movían las caderas igual que las mujeres. La cárcel le resultaba algo insoportable. No era su sitio, era una persona delicada, bastante delicada. Creo que era una cuestión de carácter. Pero al recluso ce punto treinta y tres terminaron por dejarle leer y escribir, también recibir varias visitas.
            De vez en cuando venía su amigo. ¿Cómo era su nombre? ¡Ah, ya sí, Frank Harris! Se notaba que era una persona con un gran sentido de la amistad, bastante amigo del preso ce punto treinta y tres. Se preocupaba bastante por el preso ce punto treinta y tres, y llegó a hablar con el director de la cárcel y también con el médico.
            Poco tiempo después el preso ce punto treinta tres se pasaba todo el día leyendo, escribiendo. Recuerdo que me gané su respeto, lo cual no era tan difícil en él. Era todo un caballero. Ahora queda la mugre, la gentuza. ¡Qué diferencia!
            ¡Cuánto dolor, Dios mio, cuánto dolor y arrepentimiento el del preso ce punto treinta y tres! Lo condenó el juez Mills, quien habló de "ser el centro de la más inmunda corrupción, contagiosa y dañina para la juventud", según decían los periódicos. Leí que la gente que estaba presente en la Sala le armó un lío al juez Mills, creyeron que la pena era demasiada, que no era justicia sino venganza. Lo condenó a dos años de prisión y trabajos forzados. Recuerdo que los periódicos decían que se había formado una Comisión Real o algo parecido y que dijeron que la pena era brutal, inhumana. Pero no hicieron caso.
            Recuerdo que ingresó en la cárcel en mayo de 1895. Después fue peor. Un día, durante la misa, celebrada en la prisión de Wandsworth, y es que el preso ce punto treinta y tres estaba en la enfermería, sufrió una caída que vino a afectarle uno de sus oídos. Fue otro paso de calvario. Cuando salió de la cárcel, en 1897, podíamos ver a un hombre desecho, marchito, bastante envejecido, una sombra de la persona que entró en mayo de 1895.


            Es así como me he convencido de que el silencio en la cárcel es oscuro y cruel. He notado muchas maneras de comportarse, tanto en presos como en policías, también en algún juez que ha estado por aquí. En el dichoso caso del preso ce punto treinta y tres, siempre he sospechado del juez Mills. Mucha pasión, mucha pasión la suya, parecía algo personal. Se podía leer en los periódicos y en la gente, que, como siempre, no se pone de acuerdo. La sentencia que el juez Mills impuso a Sebastian Melmoth parece más bien la pena con la que castiga un converso.
            Supe de las problemas de Sebastian Melmoth, de su sufrimiento. Era un preso especial que no podía deshacerse de una sociedad estrecha donde abundaba la moralina. La prisión de Reading no era su sitio, no era el sitio para que él cumpliera la pena. Sebastian Melmoth era un hombre acostumbrado a ambientes bastante diferentes, se le notaba. Era un hombre con mucha clase. Un perfecto caballero, vaya si lo creo, un perfecto caballero, completamente diferente a la gallanía que tenemos aquí, llena de cabrones, de auténticos hijos de puta, mucha, pero que mucha gentuza. Era un dandy, como decían los periódicos, un hombre demasiado delicado, que no podía aguantar la soledad, el ambiente callado que hay dentro de la prisión, las burlas de los golfos que están enchironados o la dureza de un régimen interno que, vamos, de apaga y vámonos. Fue después de cumplir condena, cuando salió y se fue a Francia, tiempo después, cuando su editor me mandó un ejemplar del libro. Recuerdo la portada y el título, De Profundis, escrito por Oscar Wilde, el libro estaba firmado con su nombre, Oscar Wilde, aunque yo prefiero llamarlo Sebastian Melmoth, me da más libertad, es como si me refiriera a otra persona, al otro Oscar Wilde, a Sebastian Melmoth, quiero decir, al preso ce punto treinta y tres.
            Lo continúo recordando. Un caballero al que pusieron una letra y dos números, ce punto treinta y tres, Oscar Wilde, una persona atropellada, combatido por los hipócritas victorianos que se las saben todas, tanto en Londres como en otras ciudades. Murió unos tres años después de salir de la cárcel. Sí, creo que fue en noviembre de 1900. Me llenó de tristeza, lo pasé fatal. Aunque no me cogió desprevenido, porque Sebastian Melmoth estaba como muerto, pero en vertical, sí, un muerto vertical, igual que mueren los árboles que no son cuidados, los árboles maltratados. Yo sigo creyendo que no hace falta dar sepultura a un hombre, porque lo pueden enterrar en vida. Se las apañan para ponerle un sudario mientras toma aire. Y yo imagino cómo es el sudario, lo he visto en la trena. Está hecho con palabras, con palabras y maltratos. Después viene la muerte verdadera. Pero la primera es la peor muerte en la que podemos creer, al menos es lo que yo pienso y sigo pensando. Creo que ninguna persona debe morir, aunque algunos canallas que están aquí deberían ser ahorcados. Bueno, es lo que pienso en ocasiones.
            ¿Qué pensaría de mí Sebastian Melmoth? ¿Cuántas veces maldeciría mi nombre, cuántas veces? Aunque la verdad sea dicha, jamás noté la menor mirada de odio en Sebastian Melmoth. Me respetaba y yo me siento orgulloso de cómo me trató, quisieran otros ser tratados como me trató a mí, pero Sebastian Melmoth trataba a todos con educación, era una persona sensible. Era todo un caballero. Los demás, los que se han quedado aquí, sí me odian, me aborrecen, no me pueden ver. Bueno, a veces pienso que pueden tener razón, pero yo no tengo culpa de lo que les ha pasado, aunque creo que el reglamento es bastante duro, más que duro. Sebastian Melmoth era diferente. Delicado, bastante delicado, y caballeroso, por supuesto que sí, sin un mal gesto, muy diferente de la gentuza que me toca vigilar.
            Ahora no me queda más remedio que recordar a Anne, mi hija, la más pequeña. ¿Si hubiera conocido a Sebastian Melmoth hablaría de otra manera? Creo que sí. Tal vez le hubiera dicho algo a Sebastian Melmoth, algo sobre el vuelo libre de las aves y la brisa que viaja por el paisaje, pero la niña no había nacido. ¿Le hubiera gustado a Sebastian Melmoth, oír sus palabras? Seguro que sí, era todo un hombre de principios, todo un caballero. Pero sigo dándole vueltas a la cabeza, ¿qué le contestaré a mi hija la menor si me pregunta algo sobre la cárcel? Bueno, podré decirle que los hombres jóvenes envejecen y que los mayores aguantan hasta que mueren. ¿Qué le diré a la niña, qué le podré decir? ¿Que las cárceles son como islas, que pueden ser como un archipiélago esparcido por todo el Imperio, que es lo que dice el señor director? A veces no tengo ganas de salir de la cárcel, quedarme aquí, deseo evitar el contacto con los míos, me siento mal cuando me miran, y lo paso mal cuando creo que me van a hacer alguna pregunta. Creo que yo también soy un preso, pero diferente, un preso al que le aguantan un poco de libertad. Sería de los que podría hablar con Sebastian Melmoth. Seguro que me prestaría atención. De un hombre como él no se puede esperar otra cosa, a pesar de que diga lo que diga el juez Mills. Pero, pensándolo bien, sólo hablé con Sebastian Melmoth en cinco ocasiones, ni una más ni una menos. De habérmelo encontrado en Francia, ¿me hubiera saludado? Yo creo que sí, pero sólo puedo decir que creo que sí, no puedo decir nada más pensando en Sebastian Melmoth, y ya comienza a amanecer, dentro de poco a casa, como siempre.
            La sombra extendida, la madrugada, también se hace cómplice del silencio. En ocasiones, algunos presos sueñan que los muros han sido derribados por el aire y que las ramas se aproximan a la cárcel para poder subirse encima. Un silencio imponente. Más de un sueño, un sueño que corre ligero de piernas, que corre libre y alegre por la campiña inglesa. Personas sin grilletes que visitan tabernas, que juegan a los dardos, que pasean con su esposa e hijos, que leen, que trabajan. Pero la navaja de la pesadilla yugula el amanecer escondido en la prisión y se alza la hora insensible de la mazmorra y el juicio de los hombres, de la prisión, y los ojos sirven como tenazas de las personas, las mismas que no creen en el hombre y refractarios a la libertad. Mientras los filósofos hablan de la dignidad propia de la  misma condición humana, los verdugos de ademanes gentiles hacen con sus finas manos el nudo de la horca, pero otros se les han anticipado, dictando sentencias, trabajando la madera hasta volverla ataúd, erigiendo muros, cercenando la respiración, excavando fosas, y colocando una cruz en la que se podrá leer unas iniciales o bien el nombre del ajusticiado, sin olvidar la fecha de nacimiento y la de su muerte. A veces, la cruz portará una dedicatoria escrita por algún recluso, por un capellán piadoso o bien por algún amigo o un miembro de la familia. En la cruz, algún poema, alguna frase, una admiración, y serán palabras cercanas al horizonte en el que el hombre siempre ha pensado, palabras que suelen estar ausentes en las islas de elevados muros, en los archipiélagos donde la constante tormenta persigue cómo enjaular y hacer morir la dignidad.







La trayectoria literaria de Agustín Díaz Pacheco (Tenerife, 1952), se inició desde el periodismo vocacional. Su obra narrativa es muy extensa: Los nenúfares de piedra (premio de cuentos "Ángel Acosta", 1982); La cadena de agua y otros cuentos (1984); El camarote de la memoria, (1987 y 1999), La rotura indemne (1989, Premio de Cuentos Canarios), La red (1989, Accésit Premio de Cuentos Canarios); La mirada de plata (1993); Proa en nieblas (1999), y Breves atajos (2002). Cuentos suyos figuran en varias antologías, y en el estudio antológico El cuento literario del siglo XX en Canarias (1999), del profesor y escritor Juan José Delgado. Su novela El camarote de la memoria (Editorial Cátedra, Madrid, 1987, y Canarias, 1999), ha sido objeto de atención crítica en otros países. Ha sido seleccionado por 1a revista Cuadernos del Ateneo de La Laguna (Tenerife) y la revista Quorum (Zagreb, Croacia) junto a relevantes escritores canarios y croatas, respectivamente, ocupando un lugar preeminente en la literatura contemporánea.


1 comentario:

Myriam dijo...

Me gustó mucho la idea de esta Balada, la otra cara de la moneda de la Balada de la cárcel de Reading. Me gustaron algunos fragmentos, pero no
el estilo. Quizás se debe a la formación periodística del autor. Me habría gustado un estilo de mayor lirismo, mayor depuración lingüística, mejores recursos.

La historia me hizo pensar varias veces en un film interpretado por Tom Hanks "La milla verde" sobre novela de Stephen King. En especial en los conflictos de conciencia del hablante lírico.