Fotografía de Raphael López

viernes 10 de agosto de 2007

"La jauría", de Sabas Martín.

Sabas Martín

LA JAURIA


UNO

De cacería la jauría, de noche de cacería la jauría, manada asilvestrada, turba turbia oscura en lo oscuro prestos a la caza, acechantes a la caza, ebrios a la caza midiendo con la mirada las siluetas que cruzan en la noche, alertas al aguardo, ronda y patrulla la jauría, dispuesta la jauría en la sombra de las sombras, los estandartes que destellan contra la noche proclamando el afán guerrero, fogosa tropa, guardianes celosos, redentores escogidos, la jauría al acecho merodeando en la noche.
Contra la noche los estandartes, visibles los brazaletes, sus ojos de aspas, gamadas las cruces, visible el águila engarfiando la doble curva del yugo y la gavilla erizada de las flechas en haz, quieto el águila, en el cielo rojigualda inmóvil su vuelo, encaramado en la noche sobre el brillo sucio de las hebillas, de las botas, de los remaches, en la noche de charoles del cuero desplegadas las insignias, ostensibles los estandartes, ojos en aspas los brazaletes, engarfiadas las garras del águila, en la noche de cacería la jauría.
Sin rostro ni nombre, chacal y sucia la mirada, las miradas que buscan, que acechan, que miden y calibran, amenazante la mirada, impunes en su ronda oscura por las calles oscuras, recorriendo, explorando, vigilando hasta que escogen, hasta que divisan y escogen la presa y entonces aprestan las fauces, babean y rugen y aprestan sus fauces cuando divisan y escogen la presa, cuando se ciernen agrupados, implacables animales embandados al acoso.
Y las dos siluetas que han sido señaladas que los sienten al asedio, que los saben detrás, cerca, cercándolos, las dos siluetas en la noche, presas escogidas por la jauría, por la jauría perseguidos.
Huyen fugitivos sintiéndolos feroces a sus espaldas, las dos siluetas escapando, ellos dos que temen y se alejan y avivan el paso, la respiración desbocada, un desaforado latir el pulso, martilleando las sienes, híspidos los poros transpirando el miedo, y la amenaza que se mantiene implacable a sus espaldas y no ceja, no desiste, no renuncia la jauría, peligrosamente cerca la jauría, manada asilvestrada embandados en el cerco, desplegados los estandartes, turba oscura en lo oscuro acorralándolos.
Ellos dos acorralados, cercados, babeantes las fauces que los rodean y rugen, ungidos para la batalla, de sí mismos enaltecidos, ebrios, anegados en la obscena euforia del acoso, sin escape las presas, víctimas marcadas, quietas sombras en las sombras de la noche y las fauces que babean y gruñen tiene el rabo largo el negro, tiene la polla grande el negro, te gusta que te la meta el negro, los dos, acorralados, arrinconados, arredilados, con la jauría babeante, dinos puta, te da por culo el negro, se la chupas al negro, dinos zorra asquerosa, los bufidos en la noche, contesta puta de mierda, baba ruin y oscura los gruñidos en la noche, gangrenosa podre en la noche.
Ellos dos acorralados, cercados, ellos dos que se abrazan, el uno en el otro refugiándose mientras los acosa el odio de la jauría, ostensibles las insignias en la noche, entre las sombras visibles los estandartes, el águila engarfiada, los brazaletes con ojos de gamadas aspas, las botas, las hebillas, los remaches, visible el charol del cuero, sombra en las sombras la jauría, horda caterva que los atosiga, los hostiga, que en tropel los atropella y amenaza esgrimiendo la contundencia de los bates, el filo de las navajas, el acero de los guanteletes, los puños férreos, crecidos y bravucones en bandada, turba turbia, los bramidos resonando entre las piedras, tiene el rabo largo el negro, tiene la polla grande el negro, te gusta que te la meta el negro, te da por culo el negro, se la chupas al negro, rugiendo la jauría, dinos puta, babeando las fauces la jauría, dinos zorra asquerosa, chacal y sucia la mirada de la jauría, contesta puta de mierda, de cacería en la noche la jauría.


DOS

Acorralados por la jauría, ellos dos cercados, arrinconados, arredilados en la noche, allí los dos, acosados, asediados, amenazados, con la jauría que babea y gruñe, las fauces dispuestas, los bramidos, los gañidos, los rebufos, el rugir de aquella turba turbia llenando de podre y baba ruin el aire de la noche, hiel y gangrena, hienda y odio, chacal y sucia la mirada de la jauría, de cacería en la noche la jauría.
Animales embandados al acoso la jauría, en la sombra de las sombras la jauría, contra la noche sus estandartes, los emblemas, las enseñas, los signos que proclaman el corazón guerrero, las casta de la tropa, el linaje de la tribu, en la noche los brazaletes, las insignias, los lábaros que los distinguen, gamadas las cruces, doble curva el yugo y en haz las flechas, de engarfiadas garras el águila, inmóvil en el cielo rojigualda el vuelo del águila, contra la noche en lo oscuro desplegados los estandartes, las divisas y confalones, las marcas y los colores, implacable al acoso la jauría, animales embandados, horda, reata, tropel, manada, caterva la jauría, sin rostro ni nombre, sombras en la sombra, impunes, sólo bultos, perfiles, siluetas, opacidades y el brillo sucio de las hebillas, de las botas, de los remaches, y los charoles del cuero, la noche de charol del cuero en la noche destellando.
Azuzada contra ellos la jauría, contra ellos el odio, la hiel, la hiende, la gangrenosa podre de la jauría, contra ellos dos las fauces babeantes que amenazan y gruñen y braman tiene el rabo largo el negro, contra ellos los rugidos, los rebufos, los gañidos, tiene la polla grande el negro, los dos acorralados, te gusta que te la meta el negro, rodeados, acosándolos la jauría, dinos puta, los dos, te da por culo el negro, víctimas marcadas, se la chupas al negro, presas escogidas, dinos zorra asquerosa, sin escape, contesta puta de mierda, asustados y sin escape, el uno en el otro refugiándose, contra ellos azuzada la jauría, abrazándose los dos, asustados y sin escape ellos dos allí, acorralados, acosados, acuciados, cercados, arrinconados, arredilados, rodeados en la noche, en la noche amenazados.
Ellos dos víctimas marcadas por la jauría, por la jauría los dos presas escogidas, señalados los dos por la jauría, por la jauría ellos dos perseguidos, los dos que temen y aguardan agazapados, quietamente agazapados, los dos en la noche temen y aguardan abrazados, oscuramente abrazados, entre las sombras quietos, entre las sombras asediados, amenazados por las fauces que babean y gruñen, y la mirada chacal y sucia, la mirada hiel y gangrena, la mirada hienda y odio de la jauría con los estandartes desplegados, los signos de la estirpe luciendo contra la noche, en la noche de cacería la jauría acorralándolos y ellos dos quietamente agazapados, abrazados oscuramente, martilleando el pulso las sienes, desaforados los latidos, la respiración desbocada, híspidos los poros transpirando el miedo.
Qué te pasa, mierda negra?, tienes miedo, mierda negra?, estás temblando, mierda negra?, los bufidos, los gañidos, los gruñidos, los rebufos de la jauría rodeándolos bravucones, retadores, desafiantes en la noche, azuzados sobre la presa, de cacería la jauría, y ellos dos allí, cercados sin escape, los dos oscuramente arrinconados, sintiendo el odio animal que los envuelve, la fiebre alucinada que más y más se aproxima, más y más la podre y la baba ruin, hiel y gangrena, hienda que los toca, los mancha, los hiere en una tortura interminable, tienes miedo, mierda negra?, estás temblando, mierda negra?, las palabras como piedras, vales menos que un perro, las palabras arrojadizas, un perro negro de mierda, las palabras piedras lanzadas con saña, eres un perro negro y vas a lamerme las botas, perro, perro negro de mierda, las risotadas bastas, zafias, brutales, que restallan en la noche, venga lámeme las botas perro negro, y las risotadas, los graznidos, los bramidos, llenas de baba, viscosas las fauces.
Y ellos dos que no entienden, que no se explican, ellos dos asustados sin comprender de dónde tanto odio, tan chacal y sucia la mirada ensañándose, ellos dos las víctimas, ellos dos las presas marcadas, señalados los dos por la jauría, lámeme las botas perro negro, las palabras zahiriéndolos, lancinándolos, abrazados los dos oscuramente en la noche, y la patada animal que los separa y él ahoga el grito y la sangre le mana como un grueso hilo rojo cayéndole de los labios, que me lamas, mierda negra, que me lamas las botas te he dicho, perro negro, los bufidos resonando en la noche, más y más las fauces llenando de gangrenosa podre la noche, y apártate, zorra blanca, apártate zorra blanca cuando ella le limpia la sangre de los labios y lo abraza con todo su cuerpo, con toda aquella inútil desesperación de su cuerpo.



TRES

Ellos dos ante la jauría arredilados, acosados, rodeados, asediados, ellos dos en la noche, abrazados oscuramente, oscuramente quietos, oscuramente agazapados, sintiendo oscuramente el martilleo del pulso en las sienes, los latidos desaforados, desbocada la respiración, híspidos los poros transpirando el miedo, el miedo, en el paladar el sabor reseco, amargo, afilado del miedo, y ella que lo abraza con todo su cuerpo, desesperadamente con todo su cuerpo mientras la mano le limpia de los labios la sangre, un grueso hilo rojo la sangre manando en la noche de charoles y cueros negros, de hebillas y remaches, insignias y brazaletes, la noche de cruces como hélices aspadas, la noche del haz erizado de flechas y el yugo que el águila engarfia, inmóvil en la noche su vuelo, en un cielo rojigualda, en su vuelo quieto, quieto el águila.
Y el corro babeante, turba turbia embandada, sombras en las sombras, impunes sin rostro ni nombre, manada, hueste, caterva, horda, reata, en tropel la jauría de cacería, turbia turba, chacal y sucia la mirada, gruñidos sus voces retumbando entre las sombras, los rebufos, los gañidos, los bufidos entre las sombras, tiene la polla grande el negro?, el perro negro y la zorra blanca, por eso estás con él?, las palabras armas para herir, cómo te folla el negro, puta?, no te da asco que te folle un negro, guarra?, las palabras escupidas, vomitadas, arrojadas, lanzadas contra ellos dos, mierda negra y basura blanca doble ración de mierda, las palabras babeantes, rastreras, soeces, burdas, zafias, gangrenosas, emponzoñadas, os vais a enterar, amenazando, hostigando, asustando, ahora veréis, las palabras aguijones con que los azuzaban, clavándoseles sin tregua en la noche, insistentemente, dolorosamente atravesándoles, traspasándoles en la noche.
Contra ellos en la sombra de las sombras azuzada la jauría, contra ellos dos esgrimida la contundencia de los bates, el filo de las navajas, el acero de los guanteletes, los puños férreos, turba turbia embandada que gañe y rebufa, obscenos, zafios, bastos, de sí mismos enaltecidos, bravucones, retadores, desafiantes, en la euforia del acoso anegados, bramando y gruñendo sabes correr blancanieves?, a ver cuánto corres blancanieves, venga blancanieves, sal corriendo blancanieves, en una última incitación, y él allí a ella abrazado, abrazados los dos, oscuramente abrazados entre las sombras, hostigados, acorralados, acuciados, cercados, arrinconados, arredilados, rodeados por la jauría en la noche, en la noche por la jauría amenazados, las fauces llenando de gangrenosa podre la noche, las fauces escupiendo baba ruin y oscura en la noche, resonando los bramidos, los bufidos, los rugidos, te estás poniendo pálido blancanieves, corre blancanieves, vamos, venga, sal corriendo blancanieves, y ella allí a él abrazado, quietamente los dos abrazados, ella allí junto a él, ella que pide, que ruega, por favor por favor, ella que suplica, que implora, por favor por favor, y los bramidos, los bufidos, los rugidos resonando en la noche, cállate puta, tú no te metas zorra, cierra la boca cabrona, las fauces babeando, chacal y sucia la mirada, animales embandados la jauría, en la noche de cacería la jauría, y ella insistiendo, llorando, por favor por favor, humillándose, sometiéndose, por favor por favor, doblegándose ante aquellas sombras en las sombras, impunes sin rostro ni nombre, sólo perfiles, bultos, oscuridades la jauría que más y más rebufa bestialmente, brutalmente, encarnizadamente, aguijándolos, corre blancanieves, sal corriendo blancanieves, fustigándolos, cállate puta, cierra la boca cabrona, cállate de una jodida vez zorra blanca, las voces en la noche, las sombras en la noche, el miedo en la noche hasta que él, hasta que ella, hasta que ellos dos salen huyendo en la noche, corriendo ellos dos en la noche, desesperadamente corriendo los dos hacia la casa en la noche y a sus espaldas persiguiéndolos la jauría, embandada manada asilvestrada en la noche.



CUATRO

Corre blancanieves, los bufidos, los gañidos, corre blancanieves, las fauces babeantes llenando de gangrenosa podre la noche, corre blancanieves, los bramidos, los gruñidos, los rebufos en la noche, de cacería la jauría tras ellos dos en la noche, ellos dos que habían salido huyendo y detrás la jauría, acorralados, acuciados, detrás la jauría y ellos dos que corren, desesperadamente corriendo hacia la casa, corren, corren, el aliento animal y turbio a sus espaldas, corren, el ruido de las botas, de las hebillas, de los remaches, corren, esgrimidos los bates, el filo de las navajas, corren, el acero de los guanteletes, los puños férreos, corren, corren en la noche, hacia la casa, los latidos restallando, el sudor que empapa los cuerpos, desaforado el pulso, las sienes que estallan, el corazón que estalla, los pulmones que estallan sin aire, jadeantes, desbocado el miedo, los dos corriendo hacia la casa, acosados, perseguidos, corre blancanieves corre blancanieves corre blancanieves corre, obscenas, zafias, bastas, burdas las palabras entre las babas y las fauces de la jauría, las palabras lanzadas, arrojadas para aguijarlos, para azuzarlos, corre blancanieves y ellos dos que corren desesperadamente, huyendo de la jauría, manada asilvestrada en la noche la jauría, persiguiéndolos la jauría, acosándolos la jauría, y ellos dos corren corren corren hasta que llegan a la casa, a la casa, llegan a la casa y entran y cierran y la jauría que queda afuera, afuera, la jauría que queda afuera y se embosca en las sombras, la jauría sombra en las sombras, la jauría afuera de la casa, la jauría en las sombras emboscada, impunes sin rostro ni nombre en lo oscuro, difuminados, remotos, inasibles, acechantes sombras en las sombras, afuera, al aguardo emboscados, merodeando hasta que el odio ciego los gana, la rabia que crece y malea y perturba la razón para que sólo quede un único afán, para que sólo exista un sólo propósito rigiendo la voluntad y el deseo, una fuerza desmedida e inextinguible que pronto se desata, se esparce, se propaga, reguero violento de lava que prende en fuegos diminutos multiplicándose en la oscuridad, menudas lenguas naranjas, el mechero, los fósforos que se aplican a los palos, las llamas que prenden vivas en el extremo de los palos, el fuego que proclama su calor y su dominio, hachones, candelas, teas, antorchas encendidas quemando las sombras, convertidas ya la noche y la jauría en un oleaje de hogueras en las manos, deambulando las siluetas fantasmagóricas con los hachones en las manos en la noche, la noche un baile distorsionado de luces y sombras, de perfiles y volúmenes, de formas y contornos turbios, opacados, recortados contra la casa, y la jauría ahora un frenético rebullir, las insignias, las cruces gamadas, el rojo, el amarillo, el águila engarfiando las garras en el haz de flechas y la doble curva del yugo, en la noche confusa confundiéndose las candelas, las teas, los hachones de fuego, y la puerta aherrojada desde fuera, desde fuera atrancada, sin salida, sin escape, atascada la puerta desde fuera, y el fuego, el fuego sobre el negro de las sombras, el negro de la noche interrumpido por el fuego de las antorchas que las manos arrojaban por las ventanas dentro de la casa y que dentro de la casa no tardarían en prender hasta convertirse en el resplandor unánime de una hoguera luminosa extendiéndose en una rotunda, ardiente, ávida invasión.

domingo 10 de junio de 2007

"Dolores", de Carlos Morales.

Howard Schatz

DOLORES
Carlos Morales


Acércate, muchacha, acércate, deja que te toque la nariz, los párpados caídos, Dios mío, tienes el mismo perfil que tu padre, y su mismo entrecejo, anda, pasa, pasa, que tengo una botella de anís para los buenos momentos oculta entre las sábanas de mi armario, ahora las mujeres tomáis lo que queréis pero antes el anís era el rey de las mañanas en una mujer decente, yo me sentaba ahí, en esa mesa camilla, y le daba al punto y al ganchillo mientras veía a las mujeres pasar por la calle con sus batillas negras, o a los hombres que iban o llegaban del tajo, con los galgos atados a los carros y el andar cansino de los atardeceres, hasta que tu padre se empeñó en que yo debía aprender a leer, mira, ahí se sentaba tu padre, en esa silla pintada de color marrón oscuro, todavía la conservo tal y como era, con el pañito de punto que yo mismo le bordé, ¿ves?, una mujer sentada con un libro abierto en el anda y un hombre detrás, inclinado sobre ella, con el brazo extendido señalando un renglón, ahí está, igualita que entonces, cuando tu padre llegaba todos los veranos y se ponía ahí, a la sombra del árbol de los pájaros, dejaba la maleta y se quedaba mirando a la ventana de medio perfil, con una camisa blanca que tenía desabrochados los botones de arriba, sus pantalones de negra pana negra y las botas camperas que siempre llevaba, tu padre no era lo que se dice un buen mozo, con una cuarta más hubiera sido inaguantable, pero no había mujer que no se diera cuenta de que tu padre acababa de llegar, o de que tu padre pasaba, imponía su respeto incluso de chaval, yo, con mi copa de anís y dale que te dale a la madeja, le miraba desde aquí cuando pequeño, se sentaba por las tardes al caer el sol en el poyete con un librito en la mano, y así descansaba de sus andanzas matutinas en el corralón de tu abuelo, donde daba de comer a los corderillos, o de robar melones, o de ir a por agua al Pozo Duz montado en la Candelas, la borrica más torpe que nunca hubo en este pueblo olvidado, una que tenía una oreja tiesa y la otra, qué te voy a contar, parecía un pañuelo de esos que los quintos sacan por la ventanilla del autobús de la Rápida cuando se despiden de sus novias y se van tan contentos a los cuarteles, y tu padre tan rico, con un sombrero de paja, un libro en la mano y en la otra los ramales de la burra, los muchachos decían que tanto libro no podía ser bueno, que iba para mujer por eso de los libros, ya ves, para mujer tu padre, sí, que se pasaba las horas de la siesta en los veranos escondido en el árbol para mirar la ventana de mi cuarto, donde yo dormía, y más de una vez lo vi apostado en las ramas como un gavilán, con sus ojos enormes, abiertos y verdes, observando cómo me lavaba la cara en el aguamanil, o cómo me ponía mis vestidos de flores, una lo pasaba por alto porque era un muchachito, pero tu padre, la verdad, gastaba mirada de hombre incluso de chaval, lo que pasa es que eso aquí no cuenta, aquí ser hombre es hablar alto, cargar costales en el hombro sin que nadie te ayude, pegar puñetazos a las ancas de los mulos, lavarse lo justo y ser más vasto que el esparto de las esterillas en que uno se limpia de barro los zapatos, y tu padre no era así, no se le daban mal los costales de trigo, pero a los mulos los acariciaba y les hablaba en las orejas y a las mujeres nos dejaba pasar las primeras por las puertas, aunque luego nos dijera que era la mejor manera de ver el trasero a una mujer sin ganarse un guantazo, es verdad que no usaba colonia, para que te voy a engañar, pero varias veces al día se levaba con deleite y todas las mañanas pasaba las manos por las matas de romero del corral de su abuelo y se extendía el aroma por el pecho, ummmm, daba gusto pasear a su lado, entre otras cosas porque las moscas te dejaban en paz, y los moscones, se ponía incluso una ramita de romero en el ojal de su camisa para oler a campo, y así no había manera de ser hombre en este pueblo, y más de uno se tomaba a tu padre a la chacota, hasta que un día se levantó y pegó un puñetazo en la mesa y dijo se acabó, recuerdo aquel día, si, cómo lo voy a olvidar, lo tengo aquí, entre mis ojos, lo recuerdo muy bien, cada día lo recuerdo, lo recuerdo de noche, de día, al amanecer, hacía sol, mucho sol, el sol se derramaba por los muros recién encalados de las casas llenos de geranios y de pensamientos, caía y caía sobre las permanentes de las mujeres y sobre la imagen doliente del Cristo de los Pastores, la música en la plaza, los vestidos de colores, las faldas de amplio vuelo de las mujeres bailando bajo la sombra de los árboles y los hombres repeinados con gomina y relimpios, con sus gastadas correas sujetándoles los pantalones por las axilas y zapatos como espejos, los porrones volando por aquí y por allá y el vino nunca se acaba, los muchachos tirando petardos en las piernas de las chicas, que así es como se aprende aquí a ser un hombre de bien, y yo con mi abanico dale que te dale sobre mi escote cuadrado así, así, así, ¿te imaginas?, mi vestido era blanco y llevaba mis labios de rojo suave, y dos perlitas pequeñas en las orejas que todavía conservo, y una flor colorada en el pelo, y de pronto ocurrió, y de pronto sentí como un viento que se arremolinaba debajo de mi falda, un frescor largamente inesperado subiendo y bajando por mis piernas, y mis rodillas comenzaron a temblar, yo no sé a ti, pero a mi las rodillas me tiemblan cuando me mira un hombre del mismo modo en que tu padre me miró, sí, del mismo modo en que sus ojos atravesaron las guedejas rojizas de mi pelo para dejarse caer sobre mi nunca tan blanca, aquí, exactamente aquí, donde vive el calofrío, y yo me volví, como a la tonto, me volví lentamente y azorada porque un aire se me colaba entre las piernas y las puso a temblar, sí, tu padre me miraba, estaba en un corro de hombres, hablando de las cosas que los hombres saben, pero me miraba, llevaba, como siempre, su camisa blanca, abierta por arriba y con su haz de romero, y me estaba mirando, sí, con las manos en los bolsillos me miraba, y todo se detuvo de repente, sólo escuchaba el ruido nervioso del abanico dibujando su frescor sobre mi escote, solo se movían su pelo recién mojado en el agua de la fuente, el vello de su pecho todavía de muchacho, su media sonrisa, su cabeza inclinada, su mirada segura e insolente, ese gesto tan suyo que era sólo de tu padre, y el calor, hacía tanto calor, el viso pegándose a mis muslos nerviosos, la flor en el pelo, el abanico, y tu padre, sí, clavado en la tierra igualito que un árbol, caray, bonita, caray, en ese momento me di cuenta de que nada quedaba de aquel muchachito que me contemplaba oculto entre las hojas y los pájaros en las siestas de agosto, nada quedaba, nada ya en aquel hombre todavía a medio hacer que venía hacia mí braceando en el aire y como si flotara, sin mirar a los lados, sin detenerse, con el pelo mojado en el caño del agua, la camisa mojada también, y sus ojos mirándome de frente,
así
así
así,
y me puso sus pequeñas manos en la cintura, sus manos sudorosas sobre mi vestido blanco, y mi pelo flotaba en los rizos de la música, una música silenciosa que sonaba bonita, y mi flor se movía, y mi falda volaba y volaba y de pronto, zas, zas, zas, tu padre cayó fulminado por los puños del mulo que tenía por esposo, y se quedó ahí, en el suelo, inmóvil, con los ojos abiertos contemplando al aire, la sangre manaba y manaba por su curva nariz de águila real, y yo me incliné sobre él y limpié la sangre de sus labios con mi falda de vuelo hasta que mi esposo me cogió de un brazo y me levantó por los aires y me llamó zorra y me tiró hacia un lado, tu padre, sí, tu padre entonces se levantó, no era grande tu padre, era fuerte, sí, pero no entrenaba tu padre sus puños con las ancas de las mulas, y aún así se levantó sí, y la sangre le caía sobre la camisa blanca, y sus ojos, jamás vi tanta ira en los ojos de un hombre como tu padre, su nariz manante temblaba y tamblaba como mis rodillas, y mi hombre se puso a dar vueltas en su torno, con el cuerpo doblado hacia delante, con sus brazos enormes como si fuera un pájaro, bueno, un pájaro no, un aguilucho más bien, porque mi hombre tenía lo que tiene que tener un hombre pero poco más, tu padre tenía entonces diez y siete años, pero se arrojó como él gritando como un toro, y se paró la música, y tu padre golpeaba y golpeaba en los riñones de mi hombre, que se había abierto de brazos y miraba al cielo y se reía, y de pronto, cayó, su mano cayó, su enorme manaza de matar caballos cayó sobre tu padre, y tu padre dobló las rodillas, lentamente, lentamente, sus ojos hinchados me miraron, lloraban y me miraban en medio del silencio, hasta que su cabeza cayó sobre los hombros de un hombre arrodillado, y se quedó así, tu pobre padre, clavado en la arena de la plaza, y eso que yo tenía por marido lo miró con desprecio, le cogió por los pelos a tu padre y le levantó la cabeza, entonces los hombres se tiraron a él, porque no merece la pena matar a un muchacho por una mala mujer, que no es bueno casarse con las guapas, que las mozas bonitas solo traen problemas, y se lo llevaron a beber, y la música volvió a sonar, y le limpié la sangre con mi falda blanquísima, mira, mira, no te miento, aquí está, en este aparador, ¿la ves? ¿la ves? nunca lavé mi vestido, nunca, esta sangre que ves es la sangre de tu padre, la sangre que yo misma le limpié llorando al único hombre que le había hecho frente al matador de mulos y al contador de monedas, que se pasaba las horas contando las perras gordas, las pesetas y los duros que sólo él sabía donde guardaba, entre su abuelo y yo lo llevamos a su casa, a tu padre, sí, a tu padre, la abuela no estaba y la tía tampoco, lo tumbamos en la cama, sí, en esa cama de hierro que un día heredó tu padre, y yo misma con estas manos, mira, con estas mismas manos, lavé las heridas de ese hombre que se había partido la cara por mí, y mis lágrimas caían sobre él, y su abuelo mi miraba, cuando aprenderás, Dolores, cuando aprenderás, me decía, ¿a qué tengo que aprender, dígame abuelo, a qué tengo que aprender? ¿A vestirme de negro? ¿A ir con toquilla por la calle de la iglesia a mi casa y de mi casa a la Iglesia? ¿Es que acaso tengo que dejar de reír y de cantar cuando hago la cama o barro la puerta? ¿A qué, abuelo, dígame Ud, abuelo, a qué tengo que aprender en este pueblo donde mulos y hombres beben del agua del mismo pilón?, y me puse a llorar como una posesa, lloraba y lloraba y no podía dejar de llorar, entonces el abuelo se acercó y acarició mis mejillas con sus manos rugosas, ¿sabes, Dolores?, me dijo, dice el nieto que pareces un jardín flotante, y yo digo que también, que por nada del mundo dejes de cantar cuando barras la puerta o hagas la cama, y que me siento orgulloso del muchacho, ya ves, ahí lo tienes, al menos el podrá decir que se partió la cara por la mujer que mejor canta del lugar y que así se hizo hombre, ¿un hombre, abuelo? ¿Ud. qué sabe de hombres?, y me fui, atravesé corriendo la habitación oscura, el pasillo fresco y umbrío de la casa del abuelo de tu padre, me sentía orgullosa, no te voy a decir que no, no todos los días se entera una de que es un jardín flotante, pero ahora sabía que a un hombre se le mide no por los caballos que mata con el puño sino por cómo coge la cintura a una mujer para bailarla luego, y tu padre, bonita, ay...


Aquella noche no pude dormir, y abrí la ventana del balcón, mira, ven, vamos arriba, quiero enseñarte el balcón donde yo me apoyaba todas las mañanas después de lavarme la cara en el aguamanil, en esa cama estaba yo aquella noche, aplastada de calor, el aire era tan denso que se podía cortar con un cuchillo, ¿te gusta, verdad?, era la cama de mi madre y de la madre de mi madre, si la mueves un poco parece que tuviera cascabeles, es lo suyo en una cama de hierro, de esas que se hacían antiguamente y que podían soportar el empuje de un hijo, cuando había que sacarlo, y el empuje de un hombre, cuando había un hombre que dejar pasar, pero aquella noche no había hombre, no, cerré la puerta de mi habitación con cuatro llaves y un tranco de madera, no había noche que el matador de mulos no quisiera menear los cascabeles de la cama, es lo suyo, y eso es algo de lo que ninguna mujer se puede quejar, pero yo tenía ganas de llorar como una macarena, tenía mi vestido blanco encima de la butaca todo llenito de la sangre de tu padre y solo quería llorar, pero el viento fresquito de la noche movía los visillos del balcón, y sus puntas me rozaban suavemente los tobillos y los pies, y me hacían cosquillas, y lloraba y reía, y reía y lloraba, así somos las mujeres, así, ojalá mi hombre supiera tocarme como toca un visillo cuando el aire lo besa, eso me decía yo extendida en la cama boca abajo, con las piernas abiertas, no podía dejar de acordarme de tu padre arrodillado en la arena convertido de pronto en un amapol rojo, el viso se me había pegado al cuerpo de tanto sudar, así que me levanté y salí al balcón, los tiestos conservaban el frescor del último riego, sólo quería que el aire me rozara, que el aire moviera mis cabellos, que el aire me abrazara los hombros, eso quería yo aquella noche, y ya podía decir lo que quisiera el matador de caballos que tenía por marido que yo, yo, del balcón no me iba a mover, además, era de noche, y quién iba a pasar por la calle a esas horas de la noche, a ver, quién, nadie, y a quién se le iba a ocurrir abrir la ventana después de haber corrido el vino como un torrente rojo por el pueblo, ni siquiera los pájaros cantaban en las ramas del árbol de tu abuelo, ¿lo ves?, a la amanecida sería otro cantar, se volverían locos y se meterían como todos los días por mi habitación en rapidísimos vuelos, el árbol si, el árbol más maravilloso de mi vida, el árbol cuyas ramas llegaban casi hasta mi balcón, alargaba la mano y casi podía tocar las hojas del árbol de tu abuelo, qué hermosa estaba aquella noche la luna, parecía una enorme naranja de las que traían los viajantes los días del mercadillo, flotaba como yo, sí, yo era un jardín flotante colgado de la luna, nadie en la vida me había dicho nada tan bonito, pero tu padre era un buen pastor de palabras, a su lado el silencio era natural, qué hermosas las palabras del silencio cuando tu padre las cantaba, luego cambió, pero a mí me dio tiempo a conocerlo así, cuando todavía apenas tenía nada que curar, salvo las heridas que los puños de mi hombre le dejaron en el rostro, dos metros de hombre matador de borricos y contador de monedas, y yo no podía dejar de pensar en él, por eso tardé tanto tiempo en darme cuenta, por eso y porque no podía dejar de llorar, pero de pronto la vi, la camisa blanca de tu padre estaba en el árbol, la luna la hacía brillar en medio de las hojas de la noche, el aire se levantó de pronto también, y dentro había un hombre que parecía tu padre, tenía los mismos ojos brillantes de tu padre, tu padre se movía con la agilidad de un tigre entre las ramas, como uno de esos enormes tigres que se ocultan en los juncos de los ríos sin apenas moverse contemplando al cervatillo que van a devorar, tu padre avanzaba por la rama, y las ramas crujían como cosa del viento, y tu padre venía hacia mí, más
y más
y más
y más
y de pronto lo tuve frente a frente, apoyado en la rama más gruesa, con su mano agarrada en los hierros de mi mismo balcón, su camisa resplandecía entre los geranios rojos, tenía la cara reventada, los pómulos hinchados, a quien se lo ocurre sacarme a bailar delante de un matador de caballos, a quien se lo ocurre enfrentarse a mi hombre, al hombre que era capaz de levantar un carro cargado de heno con la fuerza de sus piernas, el frágil muchacho aquel que me estaba mirando con los labios rotos apenas cubierto por las ramas del árbol más hermoso de mi vida, y el muchacho saltó, sí, de un salto se puso en mi balcón, a dos centímetros de mí, su media sonrisa, su cabeza inclinada, su mirar de gavilán, sus pantalones negros, y esa ramita de romero que siempre llevaba tu padre para oler a campo, si, notaba su aliento relimpio en las pestañas, tan cerca estaba el amoroso animal, estaba temblando, por eso traía una bota de vino tu padre en el hombro, y abrió su boquilla y el vino en su mano cayó y llevó sus dedos a mi boca, y el vino goteaba de su mano, y el vino caía tan cálido en mi escote que sudaba y sudaba y no podía dejar de sudar, y yo bebía el vino que caía de sus dedos, las gotas que sus dedos derramaban yo me las bebía, yo sí, y después bebió él un largo trago, elevó su cabeza y la echó para atrás y dejó caer el vino de la bota hacia su boca, y el vino se caía de su boca porque a tu pobrecillo padre no se le daba nada bien beber levantando la bota de piel que le regaló su abuelo o los porrones, era torpe tu padre como todos los muchachos de ciudad, y el vino le rodaba por su barbilla levemente azulada de hombre a medio hacer, y se detenía en ese hoyito que tu padre tenía en la barbilla, y de la barbilla al pecho, y yo me acerqué a su pecho, le desabroché el botón de su camisa blanca, y yo lamí el pecho de tu padre, el pecho que el sol había convertido en el tronco de un árbol moreno, y cuando se hubo saciado, cuando ya no había más vino en la bota que tu padre llevaba colgada de un hombro, bajo sus ojos hacia mí, levantó mi cabeza hacia sus ojos y sin dejar de mirarme me dio a beber el vino de su boca, y el vino entraba lentamente, y su boca rozaba mi boca como los visillos rozaban mis piernas cuando el aire los besa, y yo cerré los ojos, lo estaba viendo todo, bonita, y sentí cómo tu padre me levantaba, cómo tu padre me ponía en sus hombros como si yo fuera un saquito de trigo, hasta dejarme luego en mi cama de hierro con la misma ternura con que mi padre arrojaba cada día un ramo de alheña en recuerdo de mi madre tan guapa, jamás habían sonado así los cascabeles de mi cama, y mi cama se puso a cantar con un hombre que empujaba y empujaba hasta hacer suyo su jardín flotante, eso me decía sí, mientras mi esposo contaba sus monedas en el porche del jardín, y el viento levantaba los visillos del balcón lleno de geranios y de claveles rojos, y así hasta que el amanecer se coló con sus rayos de luz y todo su averío en esta habitación, y yo no quería que tu padre saliera de mi, y yo no quería que tu padre dejara de manar y manar en su jardín flotante, y ahora me miro en el espejo, ¿ves?, lo que fue jardín flotante se ha convertido en un amasijo de sangres y de linfas, lo que otro tiempo fue una cuerda que tu padre tocaba haciéndolo cantar ya no tiene más valor que un zapato viejo que no tardando mucho tirarán a una zanja, pero yo miro la foto de tu padre, ¿la ves?, aquí la tengo en la mesita de noche desde que murió mi esposo, la miro y la miro y me toco el pecho y rebusco y rebusco y sólo arranco flores de mi corazón, y te veo a ti, muchacha, deja que te toque, deja que te toque la nariz, deja que te toque los párpados caídos, y miremos juntas el árbol más hermoso de mi vida, porque la luna, mírala, mírala, está redonda y roja como entonces, como cuando aquel muchacho en ciernes se plantó insolente en mi balcón, las ramas crujen, ¿las oyes?, a lo mejor es aquella camisa blanca que un día vino y tomó posesión de su jardín flotante, la camisa que algún día vendrá, alguna noche, para llevarme consigo allí donde los pájaros....



(Este relato obtuvo el Premio Ciudad de Tarancón de Narrativa en el año 2006)

El hospital inglés, de Juan José Mendoza

Autor desconocido

El Hospital Inglés
Juan José Mendoza

Cuando de niños nos apostábamos delante del Hospital Inglés, me parecía que la sonrisa de los marinos coreanos y japoneses había nacido con ellos y se había congelado en su rostro en que naufragaban sus ojos rasgados y su boca apretada. Desde los cristales de sus habitaciones nos miraban con la laxitud del desconsuelo y la resignación a que los arrastraba la enfermedad, necesariamente infectada del extrañamiento que da la tierra y la lejanía. Intercambiaban con nosotros adioses desvaídos que nuestra ingenuidad no alcanzaba a interpretar con la carga de congoja que anidaba en su estado de ánimo. Pero la nostalgia y la pesadumbre que yo imaginaba no desdibujaban la sonrisa inmortalizada en su boca, y creíamos que se alegraban de vernos como figurillas de guiñol que cascabeleaban en el paisaje cansino a que les condenaba su internamiento. Nos colocábamos en las barandas del mirador de Altavista después de la hora de la siesta que tan fecundamente habían asimilado los orientales. Observábamos cómo los más capaces se iban asomando por las cristaleras y posaban sus ojos en sus alborozados visitantes. Entonces comenzaba la ceremonia habitual: chasqueábamos con los dedos solicitándoles monedas «¡moni, moni!», y ellos agitaban su brazo arriba y abajo como dividiendo el aire en un gesto que nunca supimos bien si era complaciente o disuasorio. Al fin, algún lance de sus brazadas parecía reclamarnos y nos acercábamos bajo las ventanas desde donde nos arrojaban algunos peniques con más empaque que valor, mientras nos sacudían los oídos en un idioma que más que proferir palabras ametrallaba sonidos.
Durante un tiempo acostumbramos a pasar con más frecuencia y aprendimos las mañas más eficaces para promover en aquellos marinos el júbilo suficiente para que aflojaran sus bolsillos. Hacíamos payasadas tan grotescas como absurdas salpicadas de cogotazos o traspiés, o jugábamos a la «piola» o al «¿huevo, araña, puño o caña?» montados al caballito sobre los más pusilánimes que aceptaban resignados su papel en el circo. Con los días fuimos capaces de distinguir entre aquellas figuras tan repetidas quiénes eran los generosos, los dicharacheros, los tacaños, los reservados; incluso reconocimos algunas cabecillas que dificultosamente se erguían para contemplar el espectáculo de aquellos loquillos del otro lado del mundo. Y en ese reconocimiento comenzó a conmoverme la imagen de un japonés impasible, de mirada felina, a veces recostado sobre el alféizar de la ventana con los ojos abandonados al horizonte. No participaba en la fiesta que explotaba con nuestra presencia; se limitaba a observarnos a ratos con aire de suficiencia y melancolía, y a fumar con la liturgia lenta y afectada de los actores ilustres. «Es Toshiro Mifune» me dije, «sí, tiene que ser él.» Me quedaba prendado contemplándolo y soñando con la posibilidad de que algún día me arrojara su catana firmada. Pero nunca me hizo caso y yo me conformé con la maravilla de ver salir el humo de su cigarro más acá del celuloide.
Siempre íbamos sólo los chicos del barrio, pero un día le dijimos a Amparo, la rubia, que nos acompañara, que se iba a divertir un rato con los chinos del hospital. Amparo, la rubia, era mayor que nosotros; era ya una muchacha, con las caderas talladas, una sedosa melena platinada y unos pechos bailones flanqueando un canalillo descarado que nos sumía en el tumulto de nuestra pubertad aún balbuciente. Solía limpiar en algunas de nuestras casas y se pasaba el día cantando tonadillas y coplas mientras se volcaba de rodillas sobre el suelo meneando con garbo erótico su trasero. No le conocíamos novio, tal vez porque su ligereza de cascos se lo impedía, aunque, según mi madre, cuando se iba al Copacabana los solterones hacían fila para bailar con ella y proponerle las mil y una suertes que le esperaban con el matrimonio. Pero para nosotros Amparo era una muchacha sin historia, era el cuerpo tórrido que se cimbreaba por las calles del barrio y que no acababa de poseer a la mujer decente que su madre y sus novios deseaban. Por eso no nos fue difícil convencerla y accedió a venirse al espectáculo con la curiosidad instalada en su sonrisa ingenua y frívola.
Comenzamos las monerías con el mismo libertinaje que tanto éxito nos había proporcionado entre los marinos, pero ese día la risa descontrolada de Amparo fue un acicate para lucirnos con lo mejor de nuestro repertorio. Se doblaba especialmente con las groserías que pasaban por la entrepierna, y verla desternillándose provocó que las bufonadas nos enajenaran del todo y olvidáramos que nos hallábamos en la vía pública frente a un edificio desde el que no nos veían sólo los enfermos. En ese estado de trance cómico apenas si nos dimos cuenta de que los marinos estaban especialmente exaltados. Agitaban sus brazos alocadamente describiendo en el aire molinillos disparatados que nos reclamaron antes de que les gesticuláramos el “moni, moni” de siempre. Los peniques cayeron en abundancia y los orientales nos agobiaron con su palabrería y sus gestos que señalaban al escenario de nuestras payasadas. Creíamos que nos pedían una repetición de la actuación memorable y nos deshicimos en explicaciones gestuales para indicarles «¡mañana, mañana!». No hicieron falta muchos días para descubrir lo equivocados que estábamos.
Amparo nos acompañó algunos días y nuestras arcas aumentaron a costa suya. Las monerías ya no le hacían tanta gracia, pero a ella parecía agradarle aquel rito que convertía las tardes tediosas en una algarabía políglota entretenida. Entrados en faena, yo perdía de vista lo que pasaba a nuestro alrededor, pero uno de esos días desinflados en que me distraje de mis cometidos cómicos, una ráfaga de casualidad me atrapó la mirada: mi Toshiro Mifune, descomponiendo su acartonada y aburrida postura habitual, se inclinaba con las palmas de sus manos juntas en una reverencia solemne hacia el exterior de su habitación. Giré instintivamente la cabeza y observé que el rostro de Amparo se había encendido con tanto rubor que no pudo soportar aquel acoso y le dio la espalda a su admirador. Sólo de cuando en cuando ella aceptaba devolver la sonrisa cautiva al samurai impávido que le correspondía con una leve distensión de las comisuras de sus labios.
El tiempo nos retiró de los territorios de correrías infantiles. Amparo había desaparecido unos meses después de que nos acompañara hasta el Hospital Inglés y sólo nos llegó como explicación la voluntad de su madre de mudarse a un barrio menos infectado de lenguas insidiosas. Diez años habían transcurrido cuando un paseo de adultez me llevó con mi hermano Alberto al mismo escenario en que cobrábamos la propina a los marinos coreanos y japoneses. Caminando frente a la clínica recordábamos las payasadas cuando una chiquillería se arremolinó bajo los ventanales por donde asomaban otros marinos orientales que repetían los mismos ademanes que años atrás nos reclamaban. Al grito de “moni, moni” caían algunos peniques sobre las cabezas de aquellos menudos que insistían castañeteando con sus dedos. La vaharada de nostalgia nos detuvo junto a la baranda donde una grata sonrisa mutua nos ayudó a rebobinar el tiempo para contemplarnos enfrascados en el inolvidable espectáculo callejero. Sólo la curiosidad distante me permitió distinguir entre aquellos niños a uno que simpáticamente reverenciaba a sus generosos donantes juntando sus manos e inclinándose con respeto ceremonioso. Cuando mermó la gracia para los marinos, los chiquillos se lanzaron a la calle sorteando el tráfico con osadía infantil y yo seguí con la mirada la figura de aquel niño reverente que me había llamado la atención. Cuando lo tuve más cerca acertó a mirarme, y en unas décimas de segundo descubrí en él, como un fulgor, el semblante adusto de Toshiro Mifune. Mi hermano, que se había percatado de mi interés por el muchachillo, me dijo:
¿Te acuerdas de Amparo, la rubia?
Claro que me acuerdo, le contesté guardándome la sorpresa.

(Este relato de Juan José Mendoza pertenece a su libro El hospital inglés,
editado por El Toro de Barro en el año 2004)

martes 5 de junio de 2007

Testimonios de supervivientes de Auschwitz

Estos son los testimonios de algunos de los 130 niños que tuvieron la fortuna de sobrevivir a Auschwitz.
Han sido recogidos del libro La cicatriz del humo,
de la psiquiatra y novelista israelí Amela Einat,
publicado por el Toro de Barro en el año 2003.
La autora ha ocultado los nombres reales de los protagonistas, que asistieron con un grupo de jóvenes adolescentes israelíes a un viaje por los laberintos de la muerte...

“En Stutthoff nos separaron de las madres. No te lo conté jamas. Había que elegir con quien quedarse. Era hijo único. Preferí quedarme con papa. Sabía que no iba a poder arreglarse solo. Era un distraído. Un estudioso. Pensé que no iba a poder arreglarse a solas. Yo era grande, tenía once años y entendía que debía cuidar de él. Después de dos semanas en el tren también me separaron de él. Fue como si me echaran el peso del mundo encima. Me cerré, me quedé encerrado en mí mismo. No me interesó ya nada. Sentía que todo se había terminado. Tenía miedo. Mi ser estaba desnudo. Solo. Fragmentado. No deseaba nada. Nada. Después me desperté a la fuerza y me convertí en una especie de bestia. Un instinto vivo. Un caballo con el yugo al cuello, arrastrando cadáveres a los crematorios. Hurtaba comida. Robaba de todo. ¿Cómo pueden los padres hacer algo así...cómo pueden abandonar a un niño solo? Recién ahora, últimamente, me pregunto…no logro encontrar respuesta.
No volví a pensar en ellos desde entonces. No recordaba. Me había prohibido recordar. Todo en mí se había acabado desde aquel momento en que mama despareció. Se habían terminado mis sentimientos. Desde aquel momento estuve solo. Hasta este viaje con estos chicos. Ahora. Cuando hablas a veces con tus padres, cuando te diriges a ellos, yo no siento nada. No siento. Soy huérfano. Cómo pueden los padres hacer algo asi? Piensa en nuestras gemelas, que no dejan de cuidarme durante todo el viaje.
Sólo ahora, gracias al viaje con estos jóvenes, esta nueva familia que me nació en el viaje, se me despierta algo antiguo, algo de aquella antigua ternura. Hasta este viaje había cortado todo, había bajado un telón, como si hubiera decidido que tras él no existía nada, que tras él jamás existió nada, que todo era vacío, limpio…Ya lo sabes, ninguna memoria quedó en mi de los años de antes de. No el jardín de la infancia. No la escuela. Una vez un caballo me desgarró la camisa. Fuera de eso, nada. Todo borrado. ¿Cómo pueden los padres abandonar así a sus hijos? Hubieran podido huir conmigo, si lo hubieran pensado a tiempo ¿no es asi?
A Israel llegué para volver a empezar. Guardé silencio. No tenía nada que decir. ¿Quién me hubiera creído? Una vez, mientras viajaba en autobús, iba sentada a mi lado una muchacha, que me preguntó qué era ese numero que llevaba grabado en la mano. Le dije que era un numero de telefono que había anotado para no olvidarlo y ella se lo creyó.
Como bien sabes, no he vuelto jamás a este lugar desde que me separaran de mis padres en la estación de tren. Hoy, junto a estos chicos, me quebré. Por primera vez todo volvió. Recité la plegaria de Kadish. Pronuncié la palabra Mama. Por primera vez, al lado de todos, dije mama y lloré. Vencí, gané, mama, ¡estoy vivo! Y lloré, y todos lloraron conmigo.
Todos lloran conmigo ahora, mama”.
(Berko)

“Viajamos en tres vagones. En una de las estaciones nos separaron de nuestras madres y hermanas. No recuerdo cómo exactamente. Fue todo tan rápido que no alcancé a percibirlo. Por lo menos nos quedaron los padres. Después los bajaron también a ellos. Entonces me hice un ovillo en un rincón del vagón. No quería vivir. ¿Para qué vivir? Fueron quizás tres días los que no me moví del rincón del vagón. Después desperté de un golpe al miedo. Recuerdo que en un momento determinado me levanté del piso, después de varios días en los cuales no había existido. Me levanté y me paré temblando y de repente le pedí a Dios que me dejara con vida. Sabía a dónde nos llevaban. Había oído. Sabía que allí incineraban. Sabía que la muerte había llegado y de repente, precisamente en ese momento, no quería morir.
Era de mañana cuando llegamos a la plataforma de Auschwitz. Había niebla. Bajamos del vagón en silencio, preparados. Vi a Guershon que empujaba a un grupo para que se pusiera en fila de tres. Ya nos había entrenado para eso en el campo anterior, después de separarnos de nuestros padres, cuando nos encerraron en una carpa especial rodeada de alambres de púas. Entonces, después de deslizarse hacia donde estábamos, nos había enseñado cómo prepararnos para las formaciones que nos hacían todos los días.
En la plataforma de Auschwitz nos hacía marchar para un lado y para otro: izquierda-derecha, erguir la espalda, marchen, al frente. Cuando pasamos frente al oficial alemán que estaba allí, le hizo la venia con la mano extendida. Hasta el día de hoy no entiendo cómo logró hacerlo. Y nosotros marchamos tras él como robots, y ellos nos dejaron con vida. No nos enviaron a esas duchas. Nos metieron en una carpa. A la noche vino el Zonder-Komando y dijo: ‘Niños, os habéis salvado. Ahora a la desinfección y al trabajo’, y nos llevaron a la barraca.
Caminamos tras Guershon como robots en la niebla. Sin quejarnos y sin tropezar. De alguna manera percibimos que él sabía. Que él nos habría de cuidar. En esos momentos, no lo creeréis, niños –concluyó Chomski con un travieso guiño de su eternamente sonriente ojo izquierdo– en esos momentos se me fue el miedo para siempre. ¿Morir? ¿Qué es morir? Nada. Una coma de paso entre y entre. Es una cosa de nada morir”.
(Chomski)

“Yo no soñaba salvarlos -nos cuenta otra superviviente- cuando me arrastré hacia su carpa. No se trataba de eso –dijo con lentitud, para comodidad de Gali que anotaba–. Yo contaba con 17 años y no tenía ninguna posibilidad de salvar a nadie allí. Pensaba sólo en estar con mi hermanito cuando lleguase lo peor. Sabía, todos sabíamos, adónde nos iban a enviar. Y los alemanes, a pesar de la corta edad de los niños y el poco tiempo de vida que les quedaba, les hacían formaciones todas las mañanas. A esos pequeños que no entendían qué querían de ellos. Había gritos, empujones, golpes y mucho llanto. Pensé que si se formaban rápido, se les podía evitar un poco de la pesadilla. Y ellos se me pegaron como cachorritos. En momentos como esos todo se muere del miedo ¿entienden? No tengo palabras en hebreo para explicarlo. Los pies son como hielo, como en los sueños, cuando uno no se puede mover del lugar. Y el estómago... Nadie tenía allí la esperanza de salvarse. Lo único que quería era ahorrarles a los pequeños una parte de los golpes matutinos, y comencé a entrenarlos a hacer fila rápido en línea recta con espacios. Después les enseñé también a hacer triple fila y a marchar delante de la carpa. Hacían todo lo que les decía, como si confiaran en mí... Como si yo fuera vaya a saber quién...”
Cuando me despedí de papa a la madrugada, antes de arrastrarme a la carpa de los niños, le susurré: ‘Papa, tú no estás solo. Velvel está contigo. Yo voy con Jaimón’.
Y papa me susurró: ‘Sabes a dónde van...’
Y yo meneé la cabeza asintiendo que sabía todo: ‘Me voy con él’
Y papá dijo: ‘Si alguien queda vivo después de esto, que vuelva a casa, volved a casa’.
Y yo dije: ‘Sí papa, sí papa’, y me arrastré por debajo del alambrado de púas que rodeaba a la carpa de los niños, y entré. Estaban acostados, acurrucados como pollitos. Me incliné hacia ellos, y se me juntaron temblando como pollitos.
Dos días más tarde nos trasladaron a todos a los vagones herméticos del tren. Días y noches duró ese viaje de pesadilla, y cuando el tren se detuvo y nos bajaron en la plataforma, excepción hecha de Yozi y Marek que habían saltado afuera en el camino, comenzaron los gritos y los ladridos. Los niños se me dispersaron de repente, mezclándose con personas que habían bajado de otros vagones, pero en cuestión de segundos los reuní y los llevé en medio de todo el gentío en filas de tres ordenadas, con ritmo. Un grupo de niños. ¿Niños? Eran bebés. Un grupo ordenado de bebés, que parecía lleno de energía. Lo único que quería era evitarles los garrotes y los perros y quizás también espantarles horrorosos pensamientos. Y de repente se transformó en más que eso. De repente alguien allí, dicen incluso que fue el propio Mengele, decidió variarnos el sentido en que marchábamos. De los miles que marchaban entre los cercos directamente a las duchas de gases, a nosotros nos condujeron a duchas de verdad. No les creímos de verdad cuando nos dijeron que eran duchas desinfectantes. Esos niños sabían todo, habían oído todo. Estábamos seguros de que eran duchas de gases. Que era la muerte. El miedo era terrible. No tengo palabras en hebreo para describir ese miedo. Pero finalmente lo que salió de esos orificios allá arriba era agua. Agua de verdad. Y después vino uno de los Zonder Komando y nos dijo: ‘Vosotros os quedáis’.
Hasta el día de hoy no sé qué fue lo que sucedió. Nadie lo entendía. Muchas veces intentamos pensar para qué necesitaban los alemanes a 129 niños en ese diluvio de muerte que reinaba allí. Quizás porque con su demente precisión no renunciaban a nadie. Todo lo tenían anotado, archivado en carpeta. Cada movimiento de cada uno...
Y con todo, lo que hacían con nosotros no tenía lógica. Los pequeños pensaron que el milagro se debía a mí y se me pegaron aún más. A veces pienso que quizás todo eso era para los alemanes una especie de juego. Un grupo de niñitos marcha y les hace la venia en lugar de lloriquear. Sí, todo lo que allí había era surrealista e ilógico, ¿no? Un ejército entero, grande, con hermosos uniformes, buscando a un judío que se esconde en el gueto o en el campo. Soldados con fusiles, motos, perros y qué no, persiguiendo a un único judío que intenta escapar. Es raro e incluso cómico. Una especie de comicidad cruel imposible de entender. Dejar así de repente a 129 niños pequeños. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué fuerza de trabajo eran? Es una tontería pensarlo. Después pensamos que quizás ese día los crematorios estaban demasiado cargados, pero eso también es una tontería. 129 de un total de miles, ¿qué quiere decir ‘estaban cargados’? De verdad un pensamiento necio.
Al cabo de un tiempo, no sé cuanto, quizás semanas, tal vez menos, no sé cuánto, y que nadie venga a contar que recuerda tiempos precisos de aquellos días, me separaron de ellos sin darme tiempo a avisarles. Me encontraron fuera de la barraca. Todavía intenté pasarles la rebanada de pan que me habían dado para el camino, pero el que la recibió de mi mano salió corriendo en otra dirección. Claro. Pero todos ellos ya habían aprendido a arreglarse por sí mismos. Y el que no aprendió, no aprendió. En total, de todos los 129 quedaron con vida sólo los que aprendieron.
El 2 de mayo, día de la liberación, estaba en el campamento de Mathausen. Era el único judío entre decenas de miles de presos. Salí afuera, encontré una bicicleta y me fui en ella a casa en un viaje que duró tres meses, como mi padre me había pedido que hiciera. Cuando llegué encontré a mis padres con vida. Era el único de todos los niños que había encontrado a sus padres. ‘Encontrado’ es una manera de decir. Eran por cierto las personas que me habían engendrado. La mujer en esa casa era ciertamente mi madre. Pero algo dentro de mí se había desconectado de ellos. Se había cortado. Me comporté como se debe. Ayudaba en lo que había que ayudar. Me quedé con ellos. Pero algo dentro de mí, en el lugar en que se siente, en el que se ama de verdad, se había apagado. A veces envidiaba a mis compañeros que no habían encontrado, que no tenían a dónde regresar, que podían seguir echando de menos a la madre que habían tenido alguna vez.
No hablamos ni una palabra entre nosotros, no sobre eso... No sobre Jaimón que ya no estaba, no sobre lo que nos había sucedido allí, no sobre cómo nos salvamos. Todo quedó encerrado adentro. Borrado. Así fue hasta ahora, hasta este preciso momento...”

(Guerson)

“Me llamo Ben y soy judío. Mi padre sufrió en la niñez las peores cosas que le pueden pasar a un niño. Perdió a sus dos padres y se halló solo frente al ejército alemán, los policías polacos, el hambre, el frío, los miedos y la muerte. Luchó solo contra todas estas cosas y venció. Su cuerpo quedó en vida, pero le asesinaron el alma, que quedó allí, muy por detrás. Sólo una cosa quedaba de ese alma: la memoria.
Quiero unirme a esa memoria. Intento imaginar y no logro ver nada, aunque reviva una y otra vez delante de mis ojos. Cuando encuentro a mi padre llorando como un niño, como el niño que fue alguna vez. Yo he dejado de llorar desde muy temprana edad, aunque en mí hay montañas de llanto cada vez que pienso en él, porque cada día que pasa veo más y más su dolor y su martirio. Y me pregunto si después de todo lo que pasó, después de que sus padres lo abandonaran, cómo puede confiar en alguien, creer en algo. Me pregunto si después de las cosas que le pasaron es capaz de amar.
Es acaso capaz de amarme? Espero que pueda, que a pesar de todo ame. A veces pruebo, intento hablarle. No funciona. Pienso que es porque nunca está verdaderamente a solas conmigo. Siempre nos acompaña ese silencio terrible que se extiende entre los dos”.

(Ben, un adolescente)

“Llegué hasta aquí con ‘la tía’ polaca que tengo, donde me escondí hasta la revuelta polaca. Después nos detuvieron y nos trasladaron a Auschwitz. Allí fuimos separados. A ella la llevaron al campo de los gitanos y a mí al campo de los judios, a una barraca en la que había niños y muchachos polacos. En las noches me arrastraba entre los alambres de púa que separaban los dos campos para pasarle un mendrugo de pan, y a veces también un poco de sopa. Desde nuestro campo veíamos cómo sacaban a la gente de los vagones, de qué manera se los llevaban en fila a su muerte. Nos contaron que les dan jabon y que les ordenan que vayan a los baños, que allí los encierran y les inyectan gas y que, después de un cuarto de hora, todos se convierten en cadáveres. Nos contaron que si uno se pone un trapo embebido en orina bajo las narices y sobre la boca, se puede aguantar quince minutos más, pero que eso no conviene ya que apenas alarga el suplicio. Lo que más conviene –así nos contaron– es respirar pronto y morirse rápido”.
“El crematorio trabajaba de día y de noche. La llama que salía del horno iluminaba todo el campo. La luz en las noches era como la luz en los días. El humo negro entraba en los ojos y en la boca. Todo estaba repleto de ese olor. Yo me arreglé de algún modo. ¿Era polaco, no? Ninguno de los que compartían la barraca conmigo sospechaba quién era en realidad. Un día trajeron nuevos inquilinos. Un grupo grande de niños judíos. Los pusieron enfrente, del otro lado de la barraca. Nosotros, los polacos, no los soportábamos”.
“Les arrojábamos ollas sucias. Les maldecíamos. Yo más que los demás. No sé como hacían para soportarlo. A lo mejor el hecho de que estaban juntos, en un grupo, les ayudaba…Había entre nosotros uno muy malvado que repartía la ración de sopa de la noche. Los torturaba sin piedad. Los obligaba a doblarse sobre la fría estufa de piedra que había allí con las manos hacia adelante y, en las manos, una silla o algún otro objeto pesado y con una de las piernas en el aire, del otro lado del la estufa. Asi los tenía durante horas, hasta que se caían o, a veces, los obligaba a saltar como ranas alrededor de la estufa.”
“Una vez, durante la selección que hicieron de niños judíos, el médico de los campos trajo una tabla marcada. El niño cuya altura llegaba hasta la marca se quedaba en la barraca y quien no llegaba era enviado al crematorio. Los niños se empinaban sobre las puntas de sus pies y se estiraban cuan largos eran. Había allí un tal Motale, muy pequeño, que escondíamos en la parte polaca de la barraca, en la plancha que me servía de colchón bajo la cobija”.

(El padre de Ben)