jueves, 1 de marzo de 2012

"La sombra y el mar", de Esther Bendahán









LA SOMBRA Y EL MAR

Esther Bendahan





Un golpe extraño y largo despierta a Eti. Ella apoya la cabeza en el respaldo de la litera. Observa la luz agitada que se desliza por el camarote. Palpa en la oscuridad los rostros de sus tres hijos sobre su cuerpo. Duermen. Tal vez sólo parece que duermen. En sus mejillas destellos de luna. Se vuelve hacia la ventana y observa el círculo luminoso que asciende y desciende agujereando la noche. Se vuelve hacia las literas de al lado. Se acaban de despertar las mujeres gallegas. Desde el inicio del viaje, al atardecer, sus lamentos. Quiere volverse sorda a sus miedos, a las preguntas que se hacen. ¿Cómo abstraerse de unas desconocidas que dejan de serlo? ¿Cómo saber un dolor y luego olvidarlo? La más joven huye mientras que las otras dos, casi ancianas, van en busca de alguien; tal vez de alguien que ya no existe, que no las espera. América. América se repite como un murmullo de olas, de playas lejanas.
Llegan sonidos cortantes. Voces.


A ella la espera Jimmy, que en algún momento fue Jaime, antes de que su nombre se adelantara a su destino. Desde hace un año las aguarda. Por fin envió los visados. Se había acostumbrado a la espera.
Se estremece al oír el ruido de cubierta. El barco mantiene un equilibrio difícil. Los niños duermen aún. El estómago avisa del golpe circular. Algo sucede. Tiembla el barco. Ya no hay luna. Sobre el cristal se rompe el agua. Duele. Ahora el barco se eleva. Ahora baja. "Chema Israel" dice algún lugar de su pensamiento. "Padre nuestro...", oye de repente, las tres en una sola voz como la letanía de un coro en la oscuridad. Se rompe el sonido, se agita. "Padre nuestro". Observa cómo la penumbra une los rostros que se confunden y comparten un gesto. Uno sólo. "El barco se hunde –dice la joven– se hunde". "Padre Nuestro" responden las ancianas al unísono, "y esos niños, ángeles, morir así, Padre nuestro", repiten y continúa un lento susurro que se va convirtiendo en llanto. Teli descubre que ese miedo interno al fin tiene un lugar; no era casual el presentimiento, el malestar continuo desde el inicio del viaje. Salió deTetuán hacia Madrid con un sabor agrio en la garganta, la náusea. Ahora su miedo tiene el rostro del viento agitando el mar.
Observa la oscuridad de afuera como pozo negro. Al despedirse de su familia no dijo aquello que quería decir y los sótanos del miedo oscurecieron su pensamiento.
El pequeño vomita sobre sus hermanas. Se despiertan y comienzan a llorar. Lloran y su voz se confunde con las de las tres mujeres. Oran. Dejan de orar. Recuerdan su cortijo. El olor de Coruña.


Un asistente viene tambaleándose. Abre la puerta. Entra luz pálida. "Salgan, salgan, reúnanse en el comedor".

En un instante descubre de nuevo el rostro de la mirada cálida, al fondo del pasillo. Está allí. La ha seguido. Lo supo desde el primer día. Él la acompaña. Desde niña se enfrentó a esa manera de ser mirada. La primera vez fue una impresión. Se miraron detrás de un arco que daba al Zoco. Se supo niña rodeada por las manos de su familia. Después, la mirada había crecido como ella, y se observó en el mercado de especias con su madre en busca de aromas. Durante días pasea por los cafetines, por las callejuelas, pero no le encuentra. Esos ojos sabían quién era ella. Después de unos años, esa vez al atardecer, justo unos días después del final del Protectorado, de la independencia, paseo por Restinga. Jimmy apretaba su cintura y ella buscaba el horizonte mientras se esconde en su pelo negro. Estaba allí. No había extrañeza, sólo un vacío nuevo. Entonces ella se vio enamorada y supo que quería a Jimmy. Jimmy espera en el puerto.







Una mano en la pared que resbala. La otra sostiene a los niños. Va rozando a un lado y otro del pasillo. Un golpe seco les detiene. Caen. Se incorpora sin perder a los niños. Sólo puede sentir las manos mientras les sostiene. Sigue por el pasillo como túnel oscuro. Suben la escalera. Se tambalean. Los niños no lloran. El espanto aplaca el llanto. Quería hablar. Encontrar a su familia. No podía dejar de pensar. Los pies pesan en el agua. 
Despedirse. Irse. Dejar. Abandonar. En el puerto no había nadie. Nadie que moviera amistosamente la mano. Había que arreglar papeles en Madrid. Qué difícil salir. No, salir es fácil. Irse duele, es lo difícil. También que te dejen llegar. Mi madre y mi cuñado en Madrid, en el hospital. Casualidad que pasaran justo cuando se cae el andamio. Querían acompañarme luego a Cádiz para embarcar y tengo que partir y dejarles en un hospital. Fotógrafos en busca del drama. Sólo un día es noticia. ¿Cuántos días hablarán del barco que se hunde llegando a Venezuela? Viajaron para despedirse. Pedir... debí pedir que no lo hicieran. Mi madre hermosa, ojos oscuros, el pelo desmayado en la almohada, pómulos redondeados. "Mi aljófar, buen viaje, no te preocupes de mí, mí bueno, estoy bien." Y las lágrimas. Cómo duele separarse. Mi cuñado pone las manos en la cabeza de los niños, una bendición, sus nombres suenan en hebreo, Jimmy pensaba que allí podríamos crecer, y yo le sigo. Mi familia, Dios les proteja. Bendiciones.
Llegan al comedor de cubierta. Luz negra. Están todos los pasajeros en sombras, acurrucados en el suelo. Ella se sienta cerca de las tres españolas, apoyadas en la barra del salón. Como si estar en el mismo camarote las hubiera hermanado y así, ahora, comparten el mismo espacio. La joven recuerda a su madre. Las otras dicen mamá, como un lamento sin rostro y madre fuera únicamente una tierra tranquila, sin mares ni sombras. Las niñas se aprietan y ella quiere decir que no tengan miedo, pero el mayor canta un romance que oía de la abuela. Y ellas repiten en susurros. Y Jimmy les espera en el puerto.



Jimmy necesita otro mundo. El padre de Jimmy llegó solo a Tetuán. Sin familia. Le dejaron allí y una familia sin hijos le acogió. De Hungría decían. Al Principio Don Isaac no quería. Otros pretendientes con patrimonios, pero Jimmy tan joven. Don Isaac reconocía algo de lo que no se atrevió a desear en su juventud. Ella le entregaba el alma, pero sentía zonas oscuras y desconocidas. Y el de la mirada nunca dijo nada. ¿Quién era? Distante y atento. Como si no existiera realmente. Sólo como existe el verano fugaz. Allí en Venezuela el verano se queda. Pero cómo decir adiós a una madre. Partir es partirse. Doblarse, dejarse en piezas sueltas imposibles de casar de nuevo. Las mujeres españolas se van de su tierra. Ella se marcha de un lugar que tampoco era suyo. Era volver a partir.
El mar oscuro se rompe en piedras blancas. Quiebra la oscuridad. Roza, golpea la cubierta. El océano del cielo nocturno devora la calma que parecía traer el horizonte en fuga. No volverá a ver a Jimmy.


Las mujeres hablan con un sacerdote. Lloran. El sacerdote se acerca, tambaleándose. "Debe aceptar salvar sus almas. Es mi deber decirlo, no puedo dejar que suceda, señora, no puedo, es mi deber. Déjeme a los niños. Deben ser bautizados ahora". Teli llora. Agarra a los niños. No dice nada. Entrega a sus hijos y los retiene. No sabe y recuerda lo que no ha vivido, otros mares en la inquisición de esas palabras. ¿Qué significa ese mar? ¿ Que desea Dios? ¿Ha pecado? Su rostro qué rostro tiene. Y recuerda su casa. El ruido de los lamentos como mar que ahoga. Agua salada en la garganta. Ella puede pensar. Dos líneas simultaneas, el miedo y, a la vez, recuerdos. Sus hijos temblorosos. Sus padres, unidos como cielo y mar. Plegaria anciana. El capitán pide calma. Una mujer se levanta, quiere salir, grita. El capitán la sostiene y la empuja. La zarandea. La mujer se calma. De repente observa que aquel rostro que siempre la mira se levanta, se para un instante, la mira, sonríe, sale. Un destello fugaz permite observarlo detrás del cristal, en la cubierta. Y el sacerdote insiste. Se incorpora. Ella quiere gritar a ese hombre que tenga cuidado. No sabe su nombre, sólo le intuía desde hacía años. Le busca pero ya no está. Desaparece. La ola. La espuma. La oscuridad. Aprieta a sus hijos. Llora.

La calma se traga la furia y así, de repente, en un instante sin aviso, hay una noche terrestre dentro de un cielo amigo, en reposo, que aprieta la luz en estrellas. Como si siempre hubiera estado allí. Quiere hablar con sus hijos pero la voz no responde. No tiene palabras. Tal vez la recupere cuando llegue y le encuentre en el puerto y Jimmy saque de atrás un ramo mustio de ese verano largo, sin estaciones conocidas, sin pausas. Traerá a su madre, a su padre, les hará venir. Vuelve la luz, observa ahora su rostro reflejado en la puerta de cristal que da a cubierta. Con la barbilla sostiene las cabezas de sus niños, que parecen la prolongación de un sí-mismo elástico. Descubre un gesto nuevo que altera el orden. Se observa. Es ella. Separa los contornos. Encuentra los ojos de su madre, de sus tías. Sin embargo, son los ojos del hombre, y sabe que nunca conocerá el nombre de ese hombre. Y observa que ella sostiene a sus hijos, que parecen sostenerla a ella.




***




Esther Bendahan Cohen nació en 1964 en el enclave marroquí de Tetuán, ciudad que se vio obligada a abandonar siendo todavía una niña como consecuencia de la creciente oleada de antisemitismo que extendió entre la población musulmana del reino alahuita la guerra israelo-palestina de 1967. Vivió desde entonces en Madrid, donde estudió psicología y se doctoró, finalmente, en Filología Francesa. Su peripecia literaria y periodística es ámpliamente conocida por los lectores.  Lo es también su papel jugado como representante en España del Yad Vashem de Jerusalén y sus tareas al frente de la madrileña Sefarad.
Pero sí queremos recordar algunas de las fuentes de nuestra orgullo. Cuando editamos este cuaderno, Esther Bedhahán había publicado al alimón con la escritora israelí Esther Benari una única novela, Soñar con Hispania, que desarrollaba  un territorio espiritual marcado por la cicatriz del desarraigo judío y por la búsqueda obsesiva de la propia identidad personal. La expatriación, la huida, el exilio y la necesidad de reconstruir el mundo interior desde la nada y con los materiales proporcionados por la devastación y la fractura del espíritu, es, también, el gran argumento literario de sus cuentos, algunos de los cuales se encontraban entonces a las puertas de una edición inminente bajo el significativo título de Éxodos, y al que pertenece la pieza literaria recogida en las páginas de los Cuadernos del Mediterráneo, La sombra y el mar: toda una metáfora de la orfandad y de la destrucción judía en la que, sin apenas retórica, y con frases lapidarias y extremadamente cortas, la escritora sefardí dibujaba los últimos y dramáticos momentos de un barco sometido a la furia del mar en los instantes previos al naufragio.



La sombra y el mar
de Esther Bendahan
se acabó de imprimir
en Tarancón, de Cuenca,
el 3 de Septiembre de 2003, 
aniversario de la muerte de 
Carlos de la Rica, fundador 
de El toro de Barro..

1 comentario:

Myriam dijo...

Impresionante, me hizo sentir allí en medio del caos sin esperanza. Quizás el único hilillo de remanso y esperanza radique en aquellos misteriosos ojos de aquél hombre.