viernes, 2 de marzo de 2012

"La Dolores", de Carlos Morales






DOLORES
Carlos Morales



Acércate, muchacha, acércate, deja que te toque la nariz, los párpados caídos, Dios mío, tienes el mismo perfil que tu padre, y su mismo entrecejo, anda, pasa, pasa, que tengo una botella de anís para los buenos momentos oculta entre las sábanas de mi armario, ahora las mujeres tomáis lo que queréis pero antes el anís era el rey de las mañanas en una mujer decente, yo me sentaba ahí, en esa mesa camilla, y le daba al punto y al ganchillo mientras veía a las mujeres pasar por la calle con sus batillas negras, o a los hombres que iban o llegaban del tajo, con los galgos atados a los carros y el andar cansino de los atardeceres, hasta que tu padre se empeñó en que yo debía aprender a leer, mira, ahí se sentaba tu padre, en esa silla pintada de color marrón oscuro, todavía la conservo tal y como era, con el pañito de punto que yo mismo le bordé, ¿ves?, una mujer sentada con un libro abierto en el anda y un hombre detrás, inclinado sobre ella, con el brazo extendido señalando un renglón, ahí está, igualita que entonces, cuando tu padre llegaba todos los veranos y se ponía ahí, a la sombra del árbol de los pájaros, dejaba la maleta y se quedaba mirando a la ventana de medio perfil, con una camisa blanca que tenía desabrochados los botones de arriba, sus pantalones de negra pana negra y las botas camperas que siempre llevaba, tu padre no era lo que se dice un buen mozo, con una cuarta más hubiera sido inaguantable, pero no había mujer que no se diera cuenta de que tu padre acababa de llegar, o de que tu padre pasaba, imponía su respeto incluso de chaval, yo, con mi copa de anís y dale que te dale a la madeja, le miraba desde aquí cuando pequeño, se sentaba por las tardes al caer el sol en el poyete con un librito en la mano, y así descansaba de sus andanzas matutinas en el corralón de tu abuelo, donde daba de comer a los corderillos, o de robar melones, o de ir a por agua al Pozo Duz montado en la Candelas, la borrica más torpe que nunca hubo en este pueblo olvidado, una que tenía una oreja tiesa y la otra, qué te voy a contar, parecía un pañuelo de esos que los quintos sacan por la ventanilla del autobús de la Rápida cuando se despiden de sus novias y se van tan contentos a los cuarteles, y tu padre tan rico, con un sombrero de paja, un libro en la mano y en la otra los ramales de la burra, los muchachos decían que tanto libro no podía ser bueno, que iba para mujer por eso de los libros, ya ves, para mujer tu padre, sí, que se pasaba las horas de la siesta en los veranos escondido en el árbol para mirar la ventana de mi cuarto, donde yo dormía, y más de una vez lo vi apostado en las ramas como un gavilán, con sus ojos enormes, abiertos y verdes, observando cómo me lavaba la cara en el aguamanil, o cómo me ponía mis vestidos de flores, una lo pasaba por alto porque era un muchachito, pero tu padre, la verdad, gastaba mirada de hombre incluso de chaval, lo que pasa es que eso aquí no cuenta, aquí ser hombre es hablar alto, cargar costales en el hombro sin que nadie te ayude, pegar puñetazos a las ancas de los mulos, lavarse lo justo y ser más vasto que el esparto de las esterillas en que uno se limpia de barro los zapatos, y tu padre no era así, no se le daban mal los costales de trigo, pero a los mulos los acariciaba y les hablaba en las orejas y a las mujeres nos dejaba pasar las primeras por las puertas, aunque luego nos dijera que era la mejor manera de ver el trasero a una mujer sin ganarse un guantazo, es verdad que no usaba colonia, para que te voy a engañar, pero varias veces al día se levaba con deleite y todas las mañanas pasaba las manos por las matas de romero del corral de su abuelo y se extendía el aroma por el pecho, ummmm, daba gusto pasear a su lado, entre otras cosas porque las moscas te dejaban en paz, y los moscones, se ponía incluso una ramita de romero en el ojal de su camisa para oler a campo, y así no había manera de ser hombre en este pueblo, y más de uno se tomaba a tu padre a la chacota... 





Hasta que un día se levantó y pegó un puñetazo en la mesa y dijo se acabó, recuerdo aquel día, si, cómo lo voy a olvidar, lo tengo aquí, entre mis ojos, lo recuerdo muy bien, cada día lo recuerdo, lo recuerdo de noche, de día, al amanecer, hacía sol, mucho sol, el sol se derramaba por los muros recién encalados de las casas llenos de geranios y de pensamientos, caía y caía sobre las permanentes de las mujeres y sobre la imagen doliente del Cristo de los Pastores, la música en la plaza, los vestidos de colores, las faldas de amplio vuelo de las mujeres bailando bajo la sombra de los árboles y los hombres repeinados con gomina y relimpios, con sus gastadas  correas  sujetándoles los



pantalones por las axilas y zapatos como espejos, los porrones volando por aquí y por allá y el vino nunca se acaba, los muchachos tirando petardos en las piernas de las chicas, que así es como se aprende aquí a ser un hombre de bien, y yo con mi abanico dale que te dale sobre mi escote cuadrado así, así, así, ¿te imaginas?, mi vestido era blanco y llevaba mis labios de rojo suave, y dos perlitas pequeñas en las orejas que todavía conservo, y una flor colorada en el pelo, y de pronto ocurrió, y de pronto sentí como un viento que se arremolinaba debajo de mi falda, un frescor largamente inesperado subiendo y bajando por mis piernas, y mis rodillas comenzaron a temblar, yo no sé a ti, pero a mi las rodillas me tiemblan cuando me mira un hombre del mismo modo en que tu padre me miró, sí, del mismo modo en que sus ojos atravesaron las guedejas rojizas de mi pelo para dejarse caer sobre mi nunca tan blanca, aquí, exactamente aquí, donde vive el calofrío, y yo me volví, como a la tonto, me volví lentamente y azorada porque un aire se me colaba entre las piernas y las puso a temblar, sí, tu padre me miraba, estaba en un corro de hombres, hablando de las cosas que los hombres saben, pero me miraba, llevaba, como siempre, su camisa blanca, abierta por arriba y con su haz de romero, y me estaba mirando, sí, con las manos en los bolsillos me miraba, y todo se detuvo de repente, sólo escuchaba el ruido nervioso del abanico dibujando su frescor sobre mi escote, solo se movían su pelo recién mojado en el agua de la fuente, el vello de su pecho todavía de muchacho, su media sonrisa, su cabeza inclinada, su mirada segura e insolente, ese gesto tan suyo que era sólo de tu padre, y el calor, hacía tanto calor, el viso pegándose a mis muslos nerviosos, la flor en el pelo, el abanico, y tu padre, sí, clavado en la tierra igualito que un árbol, caray, bonita, caray, en ese momento me di cuenta de que nada quedaba de aquel muchachito que me contemplaba oculto entre las hojas y los pájaros en las siestas de agosto, nada quedaba, nada ya en aquel hombre todavía a medio hacer que venía hacia mí braceando en el aire y como si flotara, sin mirar a los lados, sin detenerse, con el pelo mojado en el caño del agua, la camisa mojada también, y sus ojos mirándome de frente,
así
así
así,


y me puso sus pequeñas manos en la cintura, sus manos sudorosas sobre mi vestido blanco, y mi pelo flotaba en los rizos de la música, una música silenciosa que sonaba bonita, y mi flor se movía, y mi falda volaba y volaba y de pronto, zas, zas, zas, tu padre cayó fulminado por los puños del mulo que tenía por esposo, y se quedó ahí, en el suelo, inmóvil, con los ojos abiertos contemplando al aire, la sangre manaba y manaba por su curva nariz de águila real, y yo me incliné sobre él y limpié la sangre de sus labios con mi falda de vuelo hasta que mi esposo me cogió de un brazo y me levantó por los aires y me llamó zorra y me tiró hacia un lado, tu padre, sí, tu padre entonces se levantó, no era grande tu padre, era fuerte, sí, pero no entrenaba tu padre sus puños con las ancas de las mulas, y aún así se levantó sí, y la sangre le caía sobre la camisa blanca, y sus ojos, jamás vi tanta ira en los ojos de un hombre como tu padre, su nariz manante temblaba y tamblaba como mis rodillas, y mi hombre se puso a dar vueltas en su torno, con el cuerpo doblado hacia delante, con sus brazos enormes como si fuera un pájaro, bueno, un pájaro no, un aguilucho más bien, porque mi hombre tenía lo que tiene que tener un hombre pero poco más, tu padre tenía entonces diez y siete años, pero se arrojó como él gritando como un toro, y se paró la música, y tu padre golpeaba y golpeaba en los riñones de mi hombre, que se había abierto de brazos y miraba al cielo y se reía, y de pronto, cayó, su mano cayó, su enorme manaza de matar caballos cayó sobre tu padre, y tu padre dobló las rodillas, lentamente, lentamente, sus ojos hinchados me miraron, lloraban y me miraban en medio del silencio, hasta que su cabeza cayó sobre los hombros de un hombre arrodillado, y se quedó así, tu pobre padre, clavado en la arena de la plaza, y eso que yo tenía por marido lo miró con desprecio, le cogió por los pelos a tu padre y le levantó la cabeza, entonces los hombres se tiraron a él, porque no merece la pena matar a un muchacho por una mala mujer, que no es bueno casarse con las guapas, que las mozas bonitas solo traen problemas, y se lo llevaron a beber, y la música volvió a sonar, y le limpié la sangre con mi falda blanquísima, mira, mira, no te miento, aquí está, en este aparador, ¿la ves? ¿la ves? nunca lavé mi vestido, nunca, esta sangre que ves es la sangre de tu padre, la sangre que yo misma le limpié llorando al único hombre que le había hecho frente al matador de mulos y al contador de monedas, que se pasaba las horas contando las perras gordas, las pesetas y los duros que sólo él sabía donde guardaba, entre su abuelo y yo lo llevamos a su casa, a tu padre, sí, a tu padre, la abuela no estaba y la tía tampoco, lo tumbamos en la cama, sí, en esa cama de hierro que un día heredó tu padre, y yo misma con estas manos, mira, con estas mismas manos, lavé las heridas de ese hombre que se había partido la cara por mí, y mis lágrimas caían sobre él, y su abuelo mi miraba, cuando aprenderás, Dolores, cuando aprenderás, me decía, ¿a qué tengo que aprender, dígame abuelo, a qué tengo que aprender? ¿A vestirme de negro? ¿A ir con toquilla por la calle de la iglesia a mi casa y de mi casa a la Iglesia? ¿Es que acaso tengo que dejar de reír y de cantar cuando hago la cama o barro la puerta? ¿A qué, abuelo, dígame Ud, abuelo, a qué tengo que aprender en este pueblo donde mulos y hombres beben del agua del mismo pilón?, y me puse a llorar como una posesa, lloraba y lloraba y no podía dejar de llorar, entonces el abuelo se acercó y acarició mis mejillas con sus manos rugosas, ¿sabes, Dolores?, me dijo, dice el nieto que pareces un jardín flotante, y yo digo que también, que por nada del mundo dejes de cantar cuando barras la puerta o hagas la cama, y que me siento orgulloso del muchacho, ya ves, ahí lo tienes, al menos el podrá decir que se partió la cara por la mujer que mejor canta del lugar y que así se hizo hombre, ¿un hombre, abuelo? ¿Ud. qué sabe de hombres?, y me fui, atravesé corriendo la habitación oscura, el pasillo fresco y umbrío de la casa del abuelo de tu padre, me sentía orgullosa, no te voy a decir que no, no todos los días se entera una de que es un jardín flotante, pero ahora sabía que a un hombre se le mide no por los caballos que mata con el puño sino por cómo coge la cintura a una mujer para bailarla luego, y tu padre, bonita, ay...
Aquella noche no pude dormir, y abrí la ventana del balcón, mira, ven, vamos arriba, quiero enseñarte el balcón donde yo me apoyaba todas las mañanas después de lavarme la cara en el aguamanil, en esa cama estaba yo aquella noche, aplastada de calor, el aire era tan denso que se podía cortar con un cuchillo, ¿te gusta, verdad?, era la cama de mi madre y de la madre de mi madre, si la mueves un poco parece que tuviera cascabeles, es lo suyo en una cama de hierro, de esas que se hacían antiguamente y que podían soportar el empuje de un hijo, cuando había que sacarlo, y el empuje de un hombre, cuando había un hombre que dejar pasar, pero aquella noche no había hombre, no, cerré la puerta de mi habitación con cuatro llaves y un tranco de madera, no había noche que el matador de mulos no quisiera menear los cascabeles de la cama, es lo suyo, y eso es algo de lo que ninguna mujer se puede quejar, pero yo tenía ganas de llorar como una macarena, tenía mi vestido blanco encima de la butaca todo llenito de la sangre de tu padre y solo quería llorar, pero el viento fresquito de la noche movía los visillos del balcón, y sus puntas me rozaban suavemente los tobillos y los pies, y me hacían cosquillas, y lloraba y reía, y reía y lloraba, así somos las mujeres, así, ojalá mi hombre supiera tocarme como toca un visillo cuando el aire lo besa, eso me decía yo extendida en la cama boca abajo, con las piernas abiertas, no podía dejar de acordarme de tu padre arrodillado en la arena convertido de pronto en un amapol rojo, el viso se me había pegado al cuerpo de tanto sudar, así que me levanté y salí al balcón, los tiestos conservaban el frescor del último riego, sólo quería que el aire me rozara, que el aire moviera mis cabellos, que el aire me abrazara los hombros, eso quería yo aquella noche, y ya podía decir lo que quisiera el matador de caballos que tenía por marido que yo, yo, del balcón no me iba a mover, además, era de noche, y quién iba a pasar por la calle a esas horas de la noche, a ver, quién, nadie, y a quién se le iba a ocurrir abrir la ventana después de haber corrido el vino como un torrente rojo por el pueblo, ni siquiera los pájaros cantaban en las ramas del árbol de tu abuelo, ¿lo ves?, a la amanecida sería otro cantar, se volverían locos y se meterían como todos los días por mi habitación en rapidísimos vuelos, el árbol si, el árbol más maravilloso de mi vida, el árbol cuyas ramas llegaban casi hasta mi balcón, alargaba la mano y casi podía tocar las hojas del árbol de tu abuelo, qué hermosa estaba aquella noche la luna, parecía una enorme naranja de las que traían los viajantes los días del mercadillo, flotaba como yo, sí, yo era un jardín flotante colgado de la luna, nadie en la vida me había dicho nada tan bonito, pero tu padre era un buen pastor de palabras, a su lado el silencio era natural, qué hermosas las palabras del silencio cuando tu padre las cantaba, luego cambió, pero a mí me dio tiempo a conocerlo así, cuando todavía apenas tenía nada que curar, salvo las heridas que los puños de mi hombre le dejaron en el rostro, dos metros de hombre matador de borricos y contador de monedas, y yo no podía dejar de pensar en él, por eso tardé tanto tiempo en darme cuenta, por eso y porque no podía dejar de llorar, pero de pronto la vi, la camisa blanca de tu padre estaba en el árbol, la luna la hacía brillar en medio de las hojas de la noche, el aire se levantó de pronto también, y dentro había un hombre que parecía tu padre, tenía los mismos ojos brillantes de tu padre, tu padre se movía con la agilidad de un tigre entre las ramas, como uno de esos enormes tigres que se ocultan en los juncos de los ríos sin apenas moverse contemplando al cervatillo que van a devorar, tu padre avanzaba por la rama, y las ramas crujían como cosa del viento, y tu padre venía hacia mí, más
y más
y más
y más
y de pronto lo tuve frente a frente, apoyado en la rama más gruesa, con su mano agarrada en los hierros de mi mismo balcón, su camisa resplandecía entre los geranios rojos, tenía la cara reventada, los pómulos hinchados, a quien se lo ocurre sacarme a bailar delante de un matador de caballos, a quien se lo ocurre enfrentarse a mi hombre, al hombre que era capaz de levantar un carro cargado de heno con la fuerza de sus piernas, el frágil muchacho aquel que me estaba mirando con los labios rotos apenas cubierto por las ramas del árbol más hermoso de mi vida, y el muchacho saltó, sí, de un salto se puso en mi balcón, a dos centímetros de mí, su media sonrisa, su cabeza inclinada, su mirar de gavilán, sus pantalones negros, y esa ramita de romero que siempre llevaba tu padre para oler a campo, si, notaba su aliento relimpio en las pestañas, tan cerca estaba el amoroso animal, estaba temblando, por eso traía una bota de vino tu padre en el hombro, y abrió su boquilla y el vino en su mano cayó y llevó sus dedos a mi boca,




 y el vino goteaba de su mano, y el vino caía tan cálido en mi escote que sudaba y sudaba y no podía dejar de sudar, y yo bebía el vino que caía de sus dedos, las gotas que sus dedos derramaban yo me las bebía, yo sí, y después bebió él un largo trago, elevó su cabeza y la echó para atrás y dejó caer el vino de la bota hacia su boca, y el vino se caía de su boca porque a tu pobrecillo padre no se le daba nada bien beber levantando la bota de piel que le regaló su abuelo o los porrones, era torpe tu padre como todos los muchachos de ciudad, y el vino le rodaba por su barbilla levemente azulada de hombre a medio hacer, y se detenía en ese hoyito que tu padre tenía en la barbilla, y de la barbilla al pecho, y yo me acerqué a su pecho, le desabroché el botón de su camisa blanca, y yo lamí el pecho de tu padre, el pecho que el sol había convertido en el tronco de un árbol moreno, y cuando se hubo saciado, cuando ya no había más vino en la bota que tu padre llevaba colgada de un hombro, bajo sus ojos hacia mí, levantó mi cabeza hacia sus ojos y sin dejar de mirarme me dio a beber el vino de su boca, y el vino entraba lentamente, y su boca rozaba mi boca como los visillos rozaban mis piernas cuando el aire los besa, y yo cerré los ojos, lo estaba viendo todo, bonita, y sentí cómo tu padre me levantaba, cómo tu padre me ponía en sus hombros como si yo fuera un saquito de trigo, hasta dejarme luego en mi cama de hierro con la misma ternura con que mi padre arrojaba cada día un ramo de alheña en recuerdo de mi madre tan guapa, jamás habían sonado así los cascabeles de mi cama, y mi cama se puso a cantar con un hombre que empujaba y empujaba hasta hacer suyo su jardín flotante, eso me decía sí, mientras mi esposo contaba sus monedas en el porche del jardín, y el viento levantaba los visillos del balcón lleno de geranios y de claveles rojos, y así hasta que el amanecer se coló con sus rayos de luz y todo su averío en esta habitación, y yo no quería que tu padre saliera de mi, y yo no quería que tu padre dejara de manar y manar en su jardín flotante, 



y ahora me miro en el espejo, ¿ves?, lo que fue jardín flotante se ha convertido en un amasijo de sangres y de linfas, lo que otro tiempo fue una cuerda que tu padre tocaba haciéndolo cantar ya no tiene más valor que un zapato viejo que no tardando mucho tirarán a una zanja, pero yo miro la foto de tu padre, ¿la ves?, aquí la tengo en la mesita de noche desde que murió mi esposo, la miro y la miro y me toco el pecho y rebusco y rebusco y sólo arranco flores de mi corazón, y te veo a ti, muchacha, deja que te toque, deja que te toque la nariz, deja que te toque los párpados caídos, y miremos juntas el árbol más hermoso de mi vida, porque la luna, mírala, mírala, está redonda y roja como entonces, como cuando aquel muchacho en ciernes se plantó insolente en mi balcón, las ramas crujen, ¿las oyes?, a lo mejor es aquella camisa blanca que un día vino y tomó posesión de su jardín flotante, la camisa que algún día vendrá, alguna noche, para llevarme consigo allí donde los pájaros....


































(Este relato obtuvo el Premio Ciudad de Tarancón de Narrativa en el año 2006)




Mirada dijo...
Excelente, si, capta toda la atención de mis sentidos. Me gusta, me provoca la imaginación...es muy rico. Se disfruta leerte.
Tania dijo...
Ayer lo imprimí y hoy me acompañó en el camino hacia el trabajo. Es genial. Me llevó para dentro de la narrativa y llegué a alegrarme con el absurdo tránsito de São Paulo, que me ha permitido leerlo todo de una vez... Es tan cercano y musical, que se hace posible escuchar la voz de Dolores... una maravilla.
Gracias por compartirlo. Un abrazo.

Anónimo dijo...
Es un cuento realmente soberbio. El contraste entre las cualidades humanas, la vertiginosa sensualidad, las descripciones del ambiente, la historia misma en sí, ese vestido blanco lleno de sangre, y esa manera de hablar de "la Dolores", como quien ve visiones...
Pero sobre todo le agradezco el que, estando yo en el hospital, yo haya tenido tanta necesidad de hombre, tanta...tanta...

Ana Isabel
(El paso, México)

carlos

esto es lo que busco leer!
lo que me atrapa y me dice que manera de decir! que escritor de puta madre!
y así me gusta escribir ,tratándo al menos
es como un trance que fluye fluye se agiganta se mete en cada poro se presenta imagen movimiento voz y se escucha se vive...se goza la escena se mete en ella se es ! personaje y escucha
felicitaciones!
me deja plena
de poesía narrada,sensualidad,aldea,valores,vidas vivdas por los contratos pero vividas también por un lazo de amor ineludible
cariños de argentina
mabel-areki

RECOMENZAR dijo...
Estaba en mi blog cuando entraste!!!!!!!!!
Espectacular tu prosa!!!!!!!!! te engancho a mi blog para que mas...puedan leerte
gracias siempre..............

Camille Stein dijo...
una prosa fluida, que cautiva desde su inicio y encandila hasta el final... 

magnífico relato, Carlos 

un abrazo

Steki dijo...
Maravillosa prosa. Para volver a leerla. Me llevo tu link, Carlos.
Gracias por visitarme y permitirme así llegarme hasta aquí, hasta tu tierra adentro.
Beso y paz para ti.

Pedro dijo...
Carlos, mi aplauso, lo primero.
Después mi agradecimiento por enseñármelo.
Impresionante, francamente bueno.
Es un magnífico cuento lleno de sensibilidad, humanidad y realidad, con un extraordinario dominio del lenguaje y del tempo, del ritmo.
Me rindo, me hago fan, admirador, mis respetos.
Y añado este abrazo.

JuanBM dijo...
Estimado Carlos:

Gracias por compartir este relato y deseo para ti en estos días la calidez que nos dan los seres queridos y que el 2010 vanga preñado de más proyectos.

Un abrazo

R.A.B dijo...
Precioso. 
Je, no puedo decir mucho más... salvo que ya me he enamorado de Dolores (entrañable personaje ¿a quién no enamoraría Dolores?), así que... no me extraña que el padre de la niña se enamorara. 
Gracias por tu regalo y, por supuesto, yo también me sumo al deseo de que 2010 llegue preñado de proyectos fabulosos :+

Olga dijo...
Precioso relato. He disfrutado mucho leyéndole. El contenido maravilloso, y la narrativa perfecta. ¿Eres escritor? Una vez más, gracias por compartir este texto, y por tus alentadoras palabras. Un saludo!!
Clarice Baricco dijo...
Lo voy a imprimir para disfrutarlo.
No dejes de escribir.
Muchas bendiciones. Cuídate mucho.
Lo mejor siempre. Lo sabes.
Mi afecto.

Graciela

LUG dijo...
La tortuga bicéfala agradece el regalo. Gracias, desconocido. Me gusta el ritmo de tu relato, su música, la ternura de las cosas que Dolores nos va degajando como la mujer que en la cocina prepara una vianda, y susurra canciones, como mi abuela( o antes), como si estuviera la cocina llena de vapor de agua y en el agua se metiera a una gallina para desplumarla con amor de nostalgia, de recuerdo. Buen relato, sí, pero mejor la música, un susurro que nace de hondo, del barro del que se construye el toro, con su sangre y su semen mezclados para rito no cerrado.

Me gusta la sorpresa del regalo. Nos vemos (o leemos)

Luis González

Dolores dijo...
Vengo desde Glup.
Qué maravilloso relato.
Está lleno de sensibilidad.
Un regalo de navidad
Gracias.

carmen dijo...
Lo he vuelto a leer...A veces soy parca en palabras cuando me hes difícil expresar los sentimientos encontrados pero te lo podría definir con las mismas palabras que surgieron en tí.
...era un buen pastor de palabras, a su lado el silencio era natural, qué hermosas las palabras del silencio cuando Carlos las cantaba....
De nuevo te doy las gracias por haberme dado el placer de leer tu relato. 
Feliz año Carlos

Shandy dijo...
Sensualidad, fuerza y lirismo. Muy bien conseguida la voz de Dolores.
Buen relato

Piel dijo...
Carlos: 


Buenas tardes, por sugerencia de Pedro Glup, paso para llevarme un a copia y leerlo con calma rumbo a casa, con gusto te dejarte un comentario sobre el relato.

¡¡Te deseo un excelente 2010 !!

Cariñoso abrazo!

Tania dijo...
Me encanta tanto ese relato. Hoy lo he leído nuevamente con la misma emoción. No aquí, en esta tu casa en el aire, porque encontré la hoja que estaba guardada entre las paginas de un libro, desde hace tiempo.

Espero que estés bien, querido Carlos. Se te echa de menos. Pero comprendo tambien que el silencio es tantas veces necesario. 

Que estés bien.

Un fuerte abrazo.





1 comentario:

Myriam dijo...

Maravilloso relato Carlos, con olor a campo y color de fotos antiguas. Con un lenguaje lleno de fuerza y pasión, en la justa medida, a través hermosos recursos como la reiteración. Un perfecto constructo. Un justo reconocimiento. Me recordó un relato hecho canción, que dejaré en mi muro, tomado del folclor chileno.